Opinión
Mario Villegas: Emparan ni renuncia ni dialoga
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Quienes esperaban que el 19 de abril se repitiera la historia de un Vicente Emparan que renunciara al poder y se lo entregara a la oposición se acostaron esa noche con una nueva frustración.

No hubo batalla final y huida del mandamás, como pronosticaban algunos ultrarradicales, tampoco golpe de estado, como se proclamaba arteramente desde el oficialismo. Pero sí hubo la enésima confirmación de que los venezolanos vivimos una profunda e insostenible crisis política, económica y social que amenaza con estallar en cualquier momento si no se pone término a las destructivas, divisionistas y hambreadoras políticas del gobierno.

Ese día, la Venezuela humillada y burlada salió masivamente a protestar. Razones le sobran para hacerlo. Enormes muchedumbres desbordaron las calles de toda Venezuela para exigir el restablecimiento del orden constitucional y la destitución de los magistrados que lo vulneraron, la convocatoria a elecciones, el respeto a la Asamblea Nacional, soluciones urgentes a la crisis alimentaria y de medicamentos, así como la liberación de los presos políticos.

La respuesta del gobierno fue más y brutal represión. De nuevo la muerte y el dolor enlutaron a una sociedad que no tiene respiro.

Las fuerzas democráticas han decidido no abandonar la calle, escenario fundamental de las luchas populares. Calle que por sí sola se puede agotar y tampoco es suficiente para alcanzar los propósitos del cambio democrático. A la par es necesario seguir dando la pelea en la Asamblea Nacional y demás espacios de representación popular, en el ámbito internacional, en los medios de comunicación y, aunque a algunos les suene antipático, en el escenario de una negociación política seria, verdaderamente productiva y verificable.

Es a la oposición a quien más debería interesar una negociación para concretar los resultados del creciente respaldo internacional y de la rotunda fuerza de la calle, abandonada inexcusablemente en el anterior proceso de diálogo.

El mismo 19 de abril, el presidente Nicolás Maduro volvió a hacer una invitación a un diálogo con la oposición. Invitación que, a decir por sus palabras y acciones, luce meramente retórica, solo como para complacer a una comunidad internacional que le exige dialogar y atender los reclamos de la oposición democrática.

Maduro dice de boquilla que quiere dialogar y negociar, pero sus actos dicen lo contrario. Si Maduro quisiera dialogar de verdad, no solo no estaría develando sino resguardando presuntas reuniones secretas con personeros de la oposición, como lo ha hecho falsamente hasta ahora, ni insultando en forma soez y grotesca a sus potenciales interlocutores, ni tampoco designaría como sus emisarios para un posible diálogo a personeros que diariamente ultrajan el honor personal y se burlan a más no poder de quienes aspira se sienten en una misma mesa. Ese mismo día el Presidente volvió a acusar a la oposición de “apátridas y lacayos del imperio” y llamó “esperpento” y “capriloca” a algunos dirigentes. Otras cosas que dijo son sanitariamente irrepetibles. ¿Cómo dialogar con semejante personaje y en semejante ambiente?

Una vez le dije y  hoy le repito a Maduro: póngase serio, déjese de guachafitas, dese su puesto de Jefe del Estado y respete al pueblo venezolano en toda su diversidad.

Si el Presidente quiere dialogar, debe dar muestras fehacientes de querer hacerlo. Y lo primero es asumirlo con voluntad real, con disposición a ceder ante las justas demandas del pueblo y no ante las presiones ultrarradicales de sus propias hormonas o de su entorno inmediato, con seriedad y respeto por toda la sociedad venezolana y por la comunidad internacional, como correspondería a un verdadero Jefe de Estado y no al cabecilla de una facción.

Mientras esto no ocurra, el diálogo y la negociación política seguirán siendo malas palabras para una población incrédula por tantos desengaños y frustraciones.

Pero hay que impedir que la sangre siga corriendo por las calles de Venezuela. A la que corre por acción de la delincuencia común se ha unido ahora la provocada por los cuerpos represivos del gobierno y los grupos paramilitares que actúan bajo su protección.

El liderazgo nacional tiene el deber de frenar esta escalada violenta. Gobierno y oposición tienen la responsabilidad histórica de dar los pasos necesarios para salvaguardar la paz y alcanzar acuerdos que garanticen la vigencia plena de los derechos constitucionales.

@mario_villegas

mariovillegas100@gmail.com

Dossier 33

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