Opinión
Mario Villegas: La crucifixión de Jesús
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Dos mil diecisiete años después del asesinato de Jesucristo, la mezquindad quiere llevar a la cruz a otro Jesús para pagar culpas ajenas. Propias seguramente tiene, pero menores que las de sus verdugos.

Por aquí fumea, por la Venezuela de la intemperancia y los exacerbados radicalismos.

A mediados de 2014 no resultaba nada fácil para la Mesa de la Unidad Democrática escoger a la persona que ejercería su secretaría ejecutiva tras la inesperada renuncia del muy meritorio Ramón Guillermo Aveledo. Eran tiempos de álgidas diferencias internas y de choques políticos en el seno de la coalición opositora, así que tocaría al escogido encabezar la difícil tarea de recomponer la unidad y de dotarla de una correcta y exitosa estrategia de poder.

De algún sombrero, alguien sacó el nombre de Jesús “Chuo” Torrealba. Entiendo que fue Henrique Capriles Radonski, cuya influencia derivaba no solo de su condición de gobernador regional y de líder de un importante partido, sino de haber sido dos veces el candidato presidencial de la oposición, en cuya última representación estuvo a un tris de ahorrarnos este karma nacional que se llama Nicolás Maduro.

Conozco y aprecio a Chuo desde hace muchos años. Pero estuve entre los venezolanos que, afectos personales y reconocimiento profesional y político apartes, no veíamos en él al hombre para la coyuntura. No solo por sus notables diferencias de estilo con el talante diplomático y conciliador de Aveledo, sino porque su nombre y su rostro estaban raigalmente asociados a la tristemente célebre Coordinadora Democrática, cuyo destornillador cortoplacista había atornillado a Hugo Chávez en Miraflores por bastantes años más.

Pero ni la MUD es la Coordinadora, ni la Venezuela de hoy es la de ayer, como tampoco el Chuo de ahora es el mismo de entonces.

Hay que ser bien mezquino para no reconocer el papel que, con sus virtudes y defectos, jugó Torrealba en el ejercicio del cargo. Si bien la construcción y ejecución de la estrategia democrática, constitucional, pacífica y electoral, al igual que los éxitos políticos y electorales alcanzados en su momento por la coalición opositora, son producto del liderazgo y la acción colectiva de las fuerzas que integran la MUD y, sobre todo, de la sociedad democrática que quiere e impulsa el cambio en Venezuela, no se puede negar los aportes individuales que hizo Chuo en su condición de secretario ejecutivo.

Sus dotes de buen comunicador y su gran capacidad de trabajo, aunados a su conocimiento de la realidad social y su comprensión del momento político, su espíritu entusiasta y solidario, al igual que su indiscutible anclaje en densos sectores populares, estuvieron siempre al servicio de la causa democrática.

Pero así como ni el rotundo éxito en las parlamentarias del 6-D de 2015 ni la gigantesca movilización del 1° de septiembre de 2016 le pertenecen en exclusiva a Chuo, tampoco los desaciertos y fracasos de la MUD le son atribuibles en exclusividad. Los responsables principales han sido los partidos, especialmente los del llamado G-4 (Primero Justicia, Acción Democrática, Voluntad Popular y Un Nuevo Tiempo), los cuales han mostrado grandes contradicciones entre sí e impuesto una gran incoherencia a la MUD, al resto de cuyos integrantes llegaron a suplantar de forma antidemocrática, a veces con el mutis del propio Chuo. Los proyectos personales y grupales, las tesis cortoplacistas y la vía de los atajos han estado de por medio.

El trabajo de Torrealba era tratar de consensuar posiciones entre los diversos partidos, cosa que trató pero que resultaba muy difícil, aparte de que no pocas veces había marcados antagonismos al seno de un mismo partido.

La publicitada foto de un Chuo dialogando en solitario con los mediadores del papa Francisco, los facilitadores de Unasur y los representantes del gobierno, retrata perfectamente el  trasfondo de ambigüedades, desavenencias y marchas y contramarchas que han caracterizado a la MUD por un buen trecho y que han forzado a Torrealba a ponerle su propio rostro, aunque internamente tuvo el coraje de enfrentar algunas de ellas.

Si lo primero es la justicia, lejos de crucificar a Chuo Torrealba o de menospreciar sus aportes, lo procedente sería reconocérselos y preservarlo a él como un importante capital político de la Venezuela democrática en lucha y de la que está por venir.

n@mario_villegas

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Dossier 33

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