Opinión
Medalla de sangre
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Como suele ocurrir con todo, las Olimpíadas han atravesado momentos dramáticos de acuerdo con la situación planetaria. Y el cine, la más poderosa escuela de democracia de la sociedad actual, se encarga fielmente de perpetuarlos en la cultura de masas para el amplio consumo. En 1936 un acontecimiento cimbra la espalda del siglo XX: un negro americano, nieto de esclavos e hijo de jornaleros, ganó cuatro medallas de oro en las Olimpíadas de Berlín, en medio del terremoto nazi, la violencia demencial y las persecuciones contra los judíos, socialdemócratas, socialcristianos, comunistas. La Humanidad estaba a las puertas del infierno concentracionario y de enfrentar los más aterradores asaltos de la nueva barbarie, el totalitarismo de derecha e izquierda. Ese hombre, que se fumaba una caja de cigarrillos al día, era Jesse Owens, héroe legendario de la libertad en la anatomía de ese instante.
En las narices de Hitler y Goebbels aplastó la raza superior en cien, doscientos metros planos, relevo y salto largo. Varios filmes dejan testimonio de este asombroso nigger que entraba a los restoranes por la puerta de atrás –incluso a su regreso triunfal– y corría contra caballos de carrera para ganarse la vida (“tengo cuatro medallas de oro, pero no me las puedo comer”). La hipnosis fílmica nos hace sentir como si estuviéramos en el stadium en momentos tan estremecedores, en los que la cultura occidental y la sociedad democrática dependieron de un humilde muchacho de Alabama que despreciaban por enfermizo y por su color. El titán y su entorno reencarnan en la recientísima cinta Race: el héroe de Berlín, de Stephen Hopkins (2016), la ya adulta El soldado negro (1944) de Stuart Heisler, producida por Capra (aunque de repente aparecen demasiadas complicaciones para bajarla)

Tribulaciones de la raza superior
Y, por supuesto, el documental Olympia, de la cineasta personal del führer, Leni Riefenstahl. Los nazis habían asumido la sede con la idea de promover una gran operación propagandística a favor del Reich y Owens los liquidó. Luego de la paliza en Berlín, Hitler planteó que no debería permitirse participar negros en próximos juegos. Dijo que “al estar más cerca de la condición salvaje”, eran naturalmente más fuertes que el hombre blanco. En castigo por deshonrar a los arios y hacer con Owens el paseo triunfal frente a las gradas, su amigo y competidor alemán en la carrera terminó muerto en primera línea del frente de batalla. Recibió medalla de sangre, además de plata. De nuevo en Alemania pero en las Olimpíadas de 1973, casi cuarenta años después, el comando terrorista Septiembre Negro, brazo de la OLP, asesinó 11 deportistas del equipo judío.
Spielberg rodó en 2005 la película Munich, un magistral raconto de la demoledora reacción de los sistemas de inteligencia israelíes ante el escandaloso crimen. Pese a que se le dan mejor las películas de dinosaurios, aventuras o episodios fantásticos que las dramáticas, ésta es excelente. Relata las acciones encubiertas de alias Avner, agente secreto del Mossad bajo órdenes personales de la primera ministra Golda Meir y el general Moshe Dayan, para contestar la muerte de sus compatriotas. Entonces Arafat todavía no se había convertido en un buen muchacho ni jugaba con ramitas de olivo. Según versiones de la prensa internacional que estudió los varios libros publicados sobre la operación Cólera de Dios, como se llamó, el objetivo no era principalmente venganza, -como podría sugerir la película-, sino disuasión. Querían aterrorizar a los terroristas, que se sintieran víctimas potenciales, vigilados, indefensos, acosados.
Destruir Israel
Según los expertos, la organización palestina no volvió a atacar después que le mataran en varios países a los jefes de las acciones violentas. Más tarde con Al Qaeda y ahora el Estado Islámico, Palestina pierde ranking como excusa para la ruindad terrorista de asesinar amas de casa, niños, trabajadores inocentes y cede el paso la verdadera razón: destruir Israel porque representa el mundo democrático. Pero los terroristas nunca triunfan cuando se les responde con suficientes poder de fuego e inteligencia operativa.  En 1956 el discurso de Kruschev en el Congreso de PCUS, en el que denuncia a Stalin y el stalinismo, crea un estado de agitación en el mundo comunista que desemboca en el memorable levantamiento popular de Hungría. Iniciado por los estudiantes, derroca al gobierno, disuelve la policía, y anuncia tanto el retiro del Pacto de Varsovia como elecciones libres.
El gobierno soviético teme las posibles consecuencias, un efecto dominó en el bloque comunista y después de ciertas dudas, ordena invadir con 300 mil soldados y 2.000 tanques. En semejante ambiente se realizan las finales de waterpolo entre los equipos de la URSS y Hungría en las Olimpíadas de Melbourne (Australia). Recientemente Lucy Liu y Tarantino decidieron revivir lo que tal vez haya sido el evento deportivo más violento que se recuerde, en la cinta Furia de libertad (2006). El clima era de violencia en estado puro y el partido un duelo a muerte por el orgullo nacional herido, una guerra declarada contra la invasión comunista. Al final un jugador ruso agrede y rompe la frente de la estrella del equipo húngaro, Ervin Zador, quien sale del agua con la cara y el pecho bañados en sangre, lo que generó un terremoto de cólera en el público. Los húngaros, para alegría intemporal, ganaron.
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Fuente: El Universal

Carlos Raúl Hernández

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