Opinión
Monstruos y monstricos
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Todo género de calumnias, “hipótesis”, suposiciones y demás extravagancias se derramaron a la llegada al país de Manuel Rosales. Lo grave es que vinieron de gente autodefinida como de oposición. Lo mismo ocurrió en su oportunidad con Capriles y López. Como sobre cualquier cosa, alrededor de las diferencias entre mentir y equivocarse hay una -interesante- maraña conceptual. Falsear obedece a un tramoleo premeditado y alevoso mientras errar es de buena fe. El gobierno fabricó  crímenes inexistentes contra López y Rosales en una aterradora secuencia de mentiras y canalladas a sangre fría, alevosas, infernales. Amenazan con juicios a Mendoza y Hausmann por una irreprochable conversación en la que especulan sobre una salida racional a la crisis. Nada menos que el Presidente de la República, sin pudor habla en este caso de traición a la patria. Y la Fiscalía opera exactamente como tribunal de Inquisición. Esos no son errores.

 

Derrida, Rousseau y muchos otros distinguen ambas categorías, ya que mentir supone la intencionalidad de engañar y el error no. Cuando Bachelet basó su campaña en decretar la Educación Superior gratuita en Chile y “radicalizar”, estaba equivocada y ha transcurrido su gobierno sin saber qué hacer luego de su error. En Venezuela el gobierno es una maquinaria racional para convertir la vida de gente inocente en un infierno, destruirla. Kant piensa que decir la verdad es un imperativo en toda circunstancia, sin excepción y Hanna Arendt se pregunta, en polémica con él la amenaza de confrontación nuclear “equilibrio del terror”, durante la Guerra Fría… “¿se puede decir la verdad aunque se ponga en riesgo la supervivencia humana (o) si viene la Gestapo a buscar a mi amigo escondido en el sótano, debo decir la verdad?”. Durante acontecimientos colectivos dramáticos (atentados terroristas, guerras, catástrofes) los gobernantes “administran la verdad” para evitar daños mayores.

 

El lenguaje democrático civiliza

 

Jonathan Swift (Arte de la mentira política, 1773) y Arendt (Verdad y política, 1996) coinciden en que el lenguaje político habitual aligera, moldea la crudeza de los hechos para proteger la convivencia. Los grandes estadistas y pensadores usan quirúrgicamente las palabras, también por consideración hacia la ciudadanía. Pero en la sociedad moderna los energúmenos y el horror de masas rompen los cristales. Stalin, Hitler, Mao, Mussolini, Perón o Fidel Castro convierten la falsedad en doctrina total y brutal. Hitler culpó de la crisis económica alemana y de la guerra a los judíos. Tergiversaron hasta los hechos indiscutibles y crearon “falsos positivos” como el incendio del Reichstag. Stalin construía un reino del horror, asesina 20 millones, y lo presentaba, con ayuda de sus acólitos, como el paraíso. Los Castro acusan 56 años a los americanos de los efectos de su crueldad e incapacidad.

 

Denunciaron un “bombardeo biológico gringo” para encubrir la epidemia de conjuntivitis por desnutrición en Cuba. Con “falsos positivos” condenaron 30 años a inocentes, los comisarios de la Policía Metropolitana, y sin proceso a la juez Afiuni. Los “reporteros” del gobierno son agentes provocadores en los actos de la oposición, para producir incidentes violentos y luego “desenmascararlos”. En 16 años la atmósfera general del país son calumnias ruines y criminales. Un gobierno fascistoide o comunistoide -es lo mismo- imputa a sus contrincantes de fascistas, y como Goebbels utiliza para ello medios de comunicación públicos.Los revolucionarios mienten y se equivocan sin solución de continuidad y en definitiva no se sabe qué es peor. Entre espumarajos, como los inquisidores, inventan conspiraciones, arrojan ultrajes, ratas muertas contra los ciudadanos. En la pirámide dirigente muchos no creen en nada, forrándose cínicamente para el momento de irse a vivir a ¿Irán… Cuba?

 

El contagio a la oposición

 

Los cínicos son mentiras vivientes y no merecen mayor análisis. Siempre existen y existirán en los regímenes más despreciables, como las parásitas. Pero un activista promedio cree lo que le dicen, y cree a ciegas. Cuando acusa “a los medios de comunicación”, “la oligarquía”, o “el candidato de la derecha”, no miente: es el eco de sus líderes, hasta que llega el desengaño. Tiene la cabeza llena de periplanetas fuliginosas, de mitos y desechos intelectuales. El fabricante del engaño, por el contrario, es el gran responsable. Falsifica sistemáticamente con impunidad y conciencia, y vale todo lo que se diga o haga para defender un depravado gobierno unipersonal (“la revolución” ) Con la revolución todo, sin la revolución nada, es puerta franca al crimen y al totalitarismo.

 

Develan magnicidios que nunca existieron, “detienen” misteriosos mercenarios norteamericanos, se preparan para invasiones extranjeras. Todo eso revela profundas distorsiones de la psiquis o de la moralidad. Los golpistas del 4 F acusan de “golpistas” a los demás, de buscar atajos, y los amigos y protectores de las FARC denuncian a opositores democráticos de conexiones con paramilitares. Preocupa sobremanera el contagio alarmante en muchos que se autodefinen demócratas, pero su acción es tan cínica, cobarde, falsa, como la de sus adversarios. Actúan sin un matiz de ética amparados en que profesan una “causa justa”. Capriles, López y Rosales han sido en su oportunidad víctimas de los monstruos del gobierno y los monstricos de la oposición.

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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