Opinión
Monte y culebra
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La discusión acerca de las elecciones del 20 de mayo se ha centrado en su aspecto presidencial, dejando de lado el hecho –nada desestimable­– que también se eligen Consejos Legislativos Estadales y Consejos Legislativos Municipales. Además de Presidente de la República, se elige a quienes representarán a la ciudadanía en el eslabón de la cadena institucional más cercano a esa entidad con la que tanto se hacen gárgaras solemnes: el pueblo.

Uno de los logros más importantes que tuvo la democracia venezolana –cuando todavía lo era– fue la descentralización del Estado, que le dio voz y capacidad de decisión a las regiones y abrió las compuertas para que surgieran nuevos líderes regionales y municipales validados por sus votantes y con autonomía frente al poder central. Caracas, perdía su condición geocéntrica en el universo político venezolano frente a eso que despectivamente se denominaba “el interior del país”. Fue un giro copernicano fundamental para el fortalecimiento y modernización de la democracia.

La oposición democrática lo tuvo claro cuando comenzó a trabajar con ahínco en las regiones –desde los municipios, consejos regionales y gobernaciones– para contrastar su gestión, allí donde había ganado, con la pésima labor del hipercentralizado gobierno chavista. La prisa del “vete ya” todavía no se había apoderado de la política democrática opositora y a partir de su labor en la gobernación de Miranda, Henrique Capriles estuvo a un tris de ocupar la presidencia.

Vendría el luminoso momento de diciembre de 2015, y luego el despeñadero al que condujo la ficción de que la mayoría parlamentaria obtenida entonces constituía un claro mandato para salir del gobierno, pero ¡ya! Aquellos polvos trajeron estos lodos movedizos en los que mientras más se mueve, más se hunde la oposición democrática.

¿Qué se le ofrece a los militantes y líderes en las regiones, a quienes tengan las ganas y la fuerza suficiente para medirse electoralmente con los representantes locales de un proyecto que defraudó –como ninguno– a los estados que en su momento tanto lo apoyaron? ¿Hubo consultas con habitantes de pueblos y ciudades para calar si querían o no votar por sus representantes más cercanos? ¿En manos de quienes quedan, y a quienes recurrirán con sus quejas y exigencias –claro está, muy menores para la épica declarativa actual– para mejorar su cotidianidad vital? ¿A ver?

El boicot electoral (estamos tratando de ser políticamente correctos) dejará sin resguardo al reservorio de cambio más importante que tenía la oposición democrática: las regiones, y tomará años recuperar su atención. Quienes apoyaron a su candidato a gobernador en Miranda o Zulia, por tan solo nombrar las perlas de la corona, ahora tampoco tendrán la mano aliada y cercana de un concejal o diputado regional. La propia orfandad.

Mientras quienes favorecen el boicot electoral deslizan progresivamente sus argumentos hacia el socavamiento de la candidatura y la persona de Henri Falcón, el país real, el de las regiones, empieza a preguntarse si de verdad vale la pena el inmovilismo electoral propiciado desde Caracas. Fuera de la capital, no todo es monte y culebra.

@jeanmanina

Jean Maninat

Lector y amigo de sus amigos.
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