Opinión
Mucha desesperanza y poco liderazgo
Opinión

En los deportes siempre hay el que juega y el que dirige la estrategia. No todos pueden estar en el terreno y no todos pueden mandar. Es más la conducción es individual y nunca puede ser colectiva.

Así ocurre en la política. Debe haber quien dirija y quienes sean dirigidos. Y al igual que en el deporte quien asume las riendas, se supone es el que tiene experiencia, conocimiento y que ha hecho un recorrido que le permite tomar las decisiones oportunas, en el momento preciso y, por supuesto, asumir las consecuencias de las decisiones que tome, se gane o se pierda el juego, que en este caso pudieran ser unas simples elecciones para alcalde, gobernador o presidente, y en otros casos el país, la nación o el Estado.

Imagínense que en un juego de futbol en el que se requiera cumplir las instrucciones previas del seleccionador cada quien actúa como radical libre y hacen lo que les parezca o en el beisbol que ante la decisión de un toque de bola, el bateador decida hacer lo que le venga en gana, porque no le fue consultado antes de tomar la decisión.

Esto ocurre a diario en Venezuela. Sobran los conocedores de todas las materias. Las personas opinan, con una propiedad de erudito que dejaría en pañales a cualquier pensador en la historia de la humanidad. Somos expertos en eso que llaman mánager de tribuna. En especial sí de política se trata, solo nosotros tenemos la solución verdadera y quien no concuerde se le debe hacer la cruz, insultarlo y execrarlo como interlocutor válido.

Con gorra o con mazo

Es que en eso de creerse la tapa del frasco siempre hay quienes se creen más tapa, así no haya frasco que tapar. Fíjense que hay un ruin personaje que se cree animador de televisión, que jura que sus opiniones obedecen a un infalible e implacable conocimiento sobre lo que pasa y, aunque todos los sondeos de opinión lo cataloguen como el más despreciable, el más vil y el más infame actor político que tiene el país, sigue con sus cuentos, chismes y mazasos como sí de un gran líder se tratase.

Cuando un político se empeña en que sus actuaciones solo obedecen a sus propios intereses y no al interés colectivo, empieza a generar rechazo porque, aunque no lo crea, la gente se percata de esa actitud. Sea que use una gorra tricolor o que amenace con un garrote en la mano. Sí alguien que siempre ha criticado a quienes bombardean la unidad, de repente empieza a lanzar piedras al techo de cristal que agrupa a la misma, amenaza con irse y reta a que lo expulsen, es como para sentarse a pensar si esta en sus cabales o cuáles son los intereses que orientan sus actuaciones.

Ser líder requiere de un don particular. Implica conocimiento, entrega, responsabilidad y coherencia en lo que se dice y lo que se hace. Está en concebir y ejecutar las acciones, así no sean del agrado de la mayoría, lo cual no implica que se actúe entre gallos y medianoche. Sí Churchill hubiese consultado al pueblo británico por cada una de sus acciones de seguro el mundo hablaría alemán.

Estos momentos que vive el país son de aplomo, de decisiones sopesadas, de actuar con cordura. Suficiente locura hay en Miraflores como para contribuir con decisiones testiculares u ováricas, por mucho que estemos picado de culebra y saltemos ante cualquier bejuco, en especial cuando hay tanta desesperanza como para ver a unos “líderes” desorientados porque, aunque la gente está en la calle, no logran capitalizar el descontento.

Llueve… pero escampa

Miguel Yilales

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