Opinión
Negociar… ¿o qué?
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Las declaraciones de algunas figuras de la oposición revelando su épica negativa a prestarse para “ningún tipo de negociación” lucen preocupantes, en especial de cara al retador futuro que espera al país. No menos preocupante es que una actitud férrea, inflexible al diálogo –ese que por obra de 16 años de trapacera, sostenida e interesada demonización, hoy resulta tan pecaminoso-  sea abrazada con fogoso entusiasmo por quienes la interpretan como señal de dignidad. Sin duda, ciertos principios de vida son innegociables: pero en el terreno político puede resultar perverso caer en el extremo de aplicar el principio de no-negociación a toda acción que, con miras al logro de fines socialmente útiles, augure posibilidad de acuerdo entre afines o adversarios. Más si reparamos en un contexto que obliga a bailar sobre pista sembrada de minas, en el que la perspectiva, el talento para calcular y relativizar acciones, resulta crucial. “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, proclama Ortega y Gasset, en lúcido ejercicio de lo que nombra como “realidad radical”: esto es, la perspectiva como la forma que adopta la realidad para el individuo. Por ello luce tan resbaloso maniobrar con las claves de las verdades absolutas, sin advertir que las circunstancias podrían estar emplazándonos a asumir una flexibilización de nuestras más arraigadas convicciones, hic et nunc, aquí y ahora.

Claro está, lidiar contra ese descrédito de la negociación que con esmero sin precedente se urde desde la acera del poder, es un desafío. “¡Al enemigo, ni agua!”, voceaba también en inflamado rapto el extinto presidente Chávez: y acuñaba así otra de sus pegajosas, levantiscas consignas, repetidas ad nauseam por herederos y adeptos. Huelga decir a quién se refería con lo de “enemigo”, toda vez que su concepción de la política atendía a lo que Gramsci llamó la “Guerra de maniobra”, la ofensiva “pasiva pero sostenida” contra grupos de oposición. A contrapelo de un publicitado talante democrático, un gobierno más bien basada en el liderazgo patriarcal, ahíto de recursos y ofuscado por su propia popularidad se permitía el lujo de amenazar con “pulverizar” a la disidencia, (cualquier postura ajena al “proceso”) de irrespetar acuerdos, de arrollar al otro con una unilateralidad amparada en el manoseado discurso de representación de la mayoría: el conveniente “Vox populi, Vox Dei”. No extrañaría, por tanto, que un cerco tan estrecho durante tanto tiempo haya terminado viciando los modos de abordar esta guerra simbólica que es la política, y que en atención a ese extravío, la psiquis de sectores “rehenes” sufra el efecto tóxico de la supervivencia: la transferencia, introyección y réplica de esas conductas, paradigmas sobre la autoridad y estilos con los que ha estado traficando el Poder.

La posibilidad debe alertarnos. Esa distorsión de la figura del líder -y sus atributos para activarse frente al cambio- nos lleva a mirarlo exclusivamente como ese gran hombre o mujer que avanza a la vanguardia en tiempos de crisis; esto de algún modo refuerza el mito del héroe carismático influyendo sobre el corto plazo, y la creencia de que la gente es incapaz de desarrollar el aprendizaje necesario para intervenir un entorno que sólo los líderes logran traducir. En atención a esa noción de urgencia permanente (sólo resuelta por personalidades cuyos límites dependen exclusivamente de sus determinaciones internas) se desestimó la regla, la normalidad: una dinámica que incluye la contención ciudadana del poder y la ineludible gestión del conflicto, rasgos inherentes a la democracia: el diálogo, la cohabitación forzosa, la negociación. Es allí donde el líder democrático, como integrador de intereses y perspectivas, trabaja para hacer viable el contrato social.

El ejercicio de creación de consensos, de intercambio con “distintos a mí” –buen entrenamiento para el parlement en una nueva Asamblea, en caso probable de que el triunfo opositor endose mayoría de curules- debe ser dinámica inobjetable desde ahora. Recuperar la institucionalidad, el equilibrio (alejándose así del nocivo patrón que marca este periplo) pasará, guste o no, por incorporar otras perspectivas y liderazgos, incluido el chavismo, esta vez como minoría obligada a agarrar el carril democrático. De allí la necesidad de que la discusión dentro de la Unidad –como coalición movilizada frente a un adversario único y común- parta de una premisa que parece simple: el líder democrático actúa democráticamente. O sea, su meta debe ser construir una visión colectiva y de largo plazo, no actuar como guía auto-referencial empecinada en la adopción de la perspectiva propia como la “correcta”.

Pues sí, señores: “negociar” no sólo no es mala palabra, sino que forma parte del kit de supervivencia de un político. Para la compleja etapa que seguirá al 6D, dependeremos de ese talento: negociar eficazmente quizás nos libre de quedar atascados en la trocha del seductor arrebato hacia ninguna parte.

Mibelis Acevedo

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