Opinión
Neogorilismo y paz
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Desde la década de los 60 del siglo pasado, el término “gorilismo” se ha usado para referirse a los gobiernos militaristas y represivos de América Latina, tristemente famosos por las violaciones a los derechos humanos de su población y a la crueldad de sus órganos de “seguridad” y “orden”. Si bien el epíteto “gorila” tiene su origen en la política interna de Argentina, para referirse de manera despectiva a los adversarios del general Perón, con el paso del tiempo la expresión se extendió a otros países como sinónimo de gobernantes cuya marca distintiva era el uso de la represión y la fuerza como forma privilegiada de dominación.

Entre las características típicamente definitorias del gorilismo están la persecución sistemática contra los adversarios políticos, sindicales y sociales, el cierre o control de los medios de comunicación, la represión contra las manifestaciones de quienes discrepan, la judicialización de la protesta, el uso abusivo de la fuerza pública, el recurso a la tortura, la concentración absoluta de los poderes del Estado, la corrupción de los altos jerarcas del Gobierno, el manejo de los recursos públicos para fines del proyecto político, y la insistencia de la amenaza y el miedo como herramienta de control social.

En lo discursivo, el gorilismo latinoamericano (Videla en Argentina, Strossner en  Paraguay, Banzer en Bolivia, Pinochet en Chile) pregonaron siempre que sus actuaciones eran movidas por el más puro “amor al pueblo”, que con ellos sí había “patria”, que sus naciones se encaminaban a convertirse en “grandes potencias”, y que todo el que pensase distinto era un traidor y apátrida, posiblemente financiado por fuerzas extranjeras. Este mismo modo de dominación pasó a denominarse “neogorilismo” cuando a las características anteriores se le agrega el hecho que sus gobernantes hayan alcanzado el poder por la vía electoral, y mantengan una fachada de formalidad democrática que no era necesaria en los tiempos del gorilismo originario.

El gobierno venezolano del poschavismo ha hecho méritos innegables para ubicarse como prototipo del neogorilismo latinoamericano. Una rápida revisión a la Venezuela de estos días nos muestra un país en estado generalizado de represión: represión sindical (cerca de 5.000 dirigentes sindicales “judicializados”, perseguidos o bajo acusación penal por defender los derechos laborales), represión mediática (compra de medios de comunicación, presión sobre comunicadores sociales, censura y cierre de espacios, monopolización progresiva de los servicios radioeléctricos), represión universitaria (intentos de eliminación de la autonomía universitaria, proletarización y depauperación del profesorado, ahorcamiento financiero a las instituciones académicas), represión económica (inflación sin control, escasez, disminución ostensible de la capacidad adquisitiva de los trabajadores, nuevo aumento de los niveles de pobreza), represión sanitaria (abandono de los hospitales y depauperación del personal de salud) y represión política, son solo algunas de las más evidentes expresiones coercitivas del experimento madurocabellista.

Esta represión, a la que Fernando Mires llama la etapa del “gangsterismo político”, última fase de los modelos de dominación fascistas, ha llevado a que el de Maduro se haya convertido, por ejemplo, en el gobierno venezolano que en menos tiempo ha asesinado a más estudiantes, 17 entre el 12 de febrero y hoy. Lo adicionalmente cínico es que nuestra actual oligarquía gobernante se cansó de hablar de la represión de los gobiernos  anteriores.  De hecho, muchos alcanzaron notoriedad denunciando casos de real y a veces de supuesta represión. El tema les sirvió para llenarse la boca entonces y los bolsillos ahora.

Una última característica de los modelos gorilistas es el uso de “la paz” como una especie de fetiche verbal, pero carente de contenido más allá del “retorno a la normalidad”, que no significa para sus representantes otra cosa que todo el mundo quieto, calladito y obediente. Dada su mentalidad cuartelaría, les cuesta entender que el principal obstáculo para la paz no son las protestas del pueblo, sino la presencia de condiciones sociales y económicas indignas.  En un país donde el presupuesto nacional 2014 destina a la adquisición de equipos de “orden público” más del doble de lo que otorga al sector vivienda, donde la mortalidad materna ha aumentado a 70 por cada 100.000 habitantes (la peor en casi 40 años), donde más de 800 mil adolescentes están fuera del sistema educativo y hay un déficit superior a las 5 mil escuelas, donde en los últimos 6 meses han muerto 235 personas por la escasez de insumos para enfermedades cardiovasculares, donde más del 30% de los quirófanos no funcionan, y donde el año pasado más de 14 mil pacientes oncológicos se quedaron sin radioterapia, la única paz posible es la que pasa por la atención y resolución de problemas concretos como esos. Lo demás es solo “paz cuartelaria”, que es la única paz que entiende el gorilismo.

Angel Oropeza

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