Opinión
Ni sangre ni arena
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El Galáctico, maestro de la táctica aunque no de los escrúpulos, supo siempre convertir los descalabros en la cuota inicial del éxito. Por ahora fue al tiempo retiro y anuncio de regreso. Su rendición acorralado el 11 de abril, aunque  la llamen cobardía, fue una maniobra acertada y a los tres días estaba de nuevo en el poder. La victoria es fácil, cordial, placentera. Julio César fue tan atorrante como para cargar a su lado un esclavo que le adulara al oído que César también era mortal, aunque no lo necesitó los idus de marzo porque 23 puñaladas le actualizaron la memoria. El elemento más abundante junto con el sodio es la derrota y todo el mundo la conoce, pero  menos conocen del arte de la derrota. La política consiste en evitarla, pero también saber encajar su golpe, replegarse para volver a la pelea. Con enorme frecuencia ahí está la clave del triunfo. Saber cuándo y cómo retroceder para volver más tarde. Solo el miura, animalito cuyo prestigio deviene de que ignora el peligro, va ciegamente adelante sin presentir resultados. Por eso salen arrastrados de la arena y sin orejas, mientras los toreros, que tienen otras facultades, -aunque no mucho- ganan y solo eventualmente el toro cornea al torero.

 

La exuberancia hormonal acatarra las dendritas e impide la sinapsis. Y tan vital como saber devolverse es tener claro cuando hay que rematar o por el contrario, dejar vivir, en sentido figurado porque es política y no guerra. Karl Schmidt distingue al vencido que puede ser su amigo, del otro, el que siempre será enemigo. El gobierno bolivariano pese a basarse en la fuerza, es muy malo en aplicar las enseñanzas de Maquiavelo pero gana por tres razones: maneja todo el poder, carece de moralidad, la oposición lo hace peor que él, y de vez en cuando le dan puntadas o pulsiones irrefrenables y embiste a ciegas sin cuidar que detrás de la muleta, el trapo rojo, viene el estoque. Arremete con “furia de buzo ciego” dirá Neruda.

 

Aprender de la derrota

 

Luego tremendos esfuerzos de enmienda, y cuando se supone aprendida la lección, “vuelve el burro al trigo”. Al destruir sistemas de partidos establecidos, escuelas de cursos muy largos de entrenamiento que forman gente de todos los grupos sociales, altos, bajos y medios, sindicalistas, activistas sociales, los sustitutos son caudillismo y dinero. Por eso reina el espíritu  amateur de todas las edades, la antipolítica y la extravagancia. Reinan disertaciones vacías,  moralistas, simples, consigneras, sobre el coraje, la abnegación, el amor a la patria, como si esa hojarasquería afectara las estructuras del adversario. No hay orientaciones, reflexiones sobre la complejidad del cuadro político, ni cómo enfrentar un régimen autocrático, amoral, cuyo inmenso poderío es un reto a la inteligencia. La misma candidez  sale a delatar las maniobras de diversión, la malicia. Una lucha entre Bin Laden y Lady “D”.

 

Líderes que realmente demostraron un enorme valor personal, Gandhi, Eisenhower, Churchill, Betancourt, González, Brandt, Indira, Golda Meir, Mandela no repetían obsesivamente que eran duros. Sencillamente lo eran. Señalaban caminos, deshacían entuertos, trazaban estrategias, resolvían problemas tácticos, no los creaban. No confundían dirigir con emocionar pequeñas galerías. No eran caballeros andantes, ni amenazan molinos, gigantes, encantadores, ni todo lo que se les atravesara, sin fuerza para hacerlo. Pero sí a veces las retiradas son inevitables, hay que impedir el caos, el desorden, como la emigración a oriente. Hay que controlar daños y preservar en lo posible la fuerza. Las planifican los estados mayores con cuidado, para no multiplicar los efectos perniciosos y no saltar de un error a otro hasta el caos. Quienes tienen vocación política tienen que aprender de la derrota.

 

¡Maduro, renuncia!

 

La equivocación de febrero no debe irse por los burladeros. Ahora la salida ya tenía etapas o una ruta y discretamente en alforjas muy sutiles la previsión de tiempo para crear conciencia, como si quienes discreparon fueran inconscientes. Tampoco vale huir hacia adelante y poner la supuesta condición de que se exija la renuncia de Maduro, a la espera que éste brinde su amable colaboración y haya elecciones adelantadas. Pedir la renuncia es soñar el trompetazo que derrumbaría las pétreas murallas de Jericó, tal como exigirle la partida de nacimiento. Se es libre de escribir cartas al hijo de Dios en Navidad, en este caso al hijo de Satanás, pero sin tratar de deshonrar a quienes rechazan propuestas  inconducentes.

 

Como la generosidad de Maduro no contribuirá, procede el revocatorio. Habría que recoger firmas-Tascón de 20% de RE, a partir de la mitad del período en 2016. La revocación debe obtener un voto más de los 7 millones y medio que sacó en 2013, algo exageradamente difícil y más si el gobierno juega a la abstención. Pero antes serán las parlamentarias de 2015. Para “la constituyente” se necesita 15% de las firmas-Tascón del RE. En la oposición no hay unidad de criterio  y eso hace más inviable la empresa. Cuidar la retirada es tan importante como cuidar la victoria. La política en equipo enseña que en los debates se escuchan las más diversas perspectivas para formarse opiniones y a no ver como enemigo al que disiente. Ese es el liderazgo creador, y las jefaturas unipersonales, caudillistas son herencia de la Venezuela premoderna.

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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