Opinión
Ni víctimas, ni victimarios
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Para quienes crecimos leyendo los cuentos de hadas de Perrault, las sugerentes –también crudas- antologías medievales de los hermanos Grimm; o viendo su versión pop-cult, las telenovelas-rosa, la figura de la heroína -esa incauta muchacha disfrazada con piel de asno o atrapada en una torre, revolcada por las circunstancias y al final resarcida por cada una de sus mudas congojas- no nos resulta exótica. Imposible imaginar allí una historia donde esa víctima y su desgarrada gesta no resultasen imprescindibles para construir una épica cónsona con la idea de que el bien siempre triunfa sobre el mal (innegable la impronta de la visión judeo-cristiana del sufrimiento como “camino de purificación, de liberación interior y enriquecimiento del alma”, invitación “a confiar en Dios y su voluntad salvadora”). Pero al trasladar esas claves a nuestra comunicación veremos que nada en ese juego resulta casual. Los estereotipos de la Víctima asediada por un Verdugo y a la espera de un Salvador (que a menudo se nos revelan como parte de un atávico guión psicológico) constituyen precisos reflejos del “Triángulo Dramático”, modelo descrito por Stephen Karpman y estudiado con especial interés por la psicología humanista y el Análisis Transaccional.

 

No estoy bien, tú estás bien; todos están en mi contra”: en el triángulo, esa parece ser la posición existencial de la víctima. Así que a merced del neurótico intercambio, evade su responsabilidad, se queja, inventa excusas, apunta a un chivo expiatorio a quien lanza el fardo de sus errores. Desde su eterna posición de espera, tiende a trasladar la culpa al Perseguidor, pues ha decidido que él es la fuente de su sufrimiento (al final, su meta es garantizar que el Salvador intervenga para rescatarla). Cree que eso garantizará la atención, el reconocimiento y empatía de otros. “La Víctima es hipersensible e interpreta los acontecimientos como conspiraciones del destino en su contra (…) Desde esta posición de gran angustia psicológica se pasa fácilmente al papel de Perseguidor, atacando y acusando a personas y acontecimientos para poner orden ante tanta injusticia” dice la filóloga Rosa González Ortiz. Un espejo que, sin duda, devuelve gestos de nuestro propio melodrama político.

 

¡Cuánto mal sembró en la psiquis latinoamericana la manipulación de esa narrativa; cuánto nos intoxicó con su adictiva retórica! En Venezuela, es obvio que la entronización de los valores de una izquierda dogmática, aferrada al relato que prestó una antigualla ideológica como la Teoría de la Dependencia, hace que hoy se esté oficiando una suerte de fiesta caníbal. La propuesta en país de resentidos históricos caló hondo: ahora, el poder de un discurso con acento en el sufrimiento y el cobro del maltrato, nos somete a una guerra sin tregua que otorga patológicos referentes éticos a la sociedad: y es que “No puede el abuso ser la clave del éxito”, como señala el jurista Ariel Tapia Gómez, pues eso resulta inadmisible desde el punto de vista moral. El modelo utilitario de la victimización, del cual se ha servido el Poder –otra estrafalaria incongruencia- en los últimos 17 años, ha dejado claro que la presunta víctima es todo menos indefensa; todo, menos benigna. La victimización, en tanto dispositivo de transferencia (Francisco Pestanha) que adecúa la responsabilidad según la visión política de la situación, ha invertido los roles entre víctima y victimario; por la misma vía, además, esa “súper víctima” se auto-percibe como su Redentor (“Sólo el pueblo salva al pueblo” clamaba Chávez y repite el Presidente Maduro), llamado a liderar una especie de desagravio con impagable retroactivo. Todo en uno.

 

Sí: el relato tremendista, cebado por la idea de que la lucha contra el opresor-perseguidor todo lo justifica -el “bien” retando al “mal”- da sostén a eso que Alberto Barrera Tyszka  llama la Pragmática del “como sea”: la democracia, la Constitución, el sentido común parecen nociones desechables al lado del apremio de proteger a toda costa “los logros de la revolución”. Ya antes se buscaron inauditos chivos expiatorios (la guerra económica, el Imperio, la oposición apátrida, conspiradores en lóbregos tratos con el FMI) pero tras el vano esfuerzo por endosarles la propia ineficiencia, toca ahora a esa víctima trocada en vengador apelar por la amenaza.

 

Pero el relato cruje por donde se pise. Más cuando no hay recursos, embriaguez o arrojos para asegurar finales felices. Las heroínas ya no están dispuestas a vestir pieles de asno, a ser confinadas en torres o cocinar sopas de piedras, mientras a lo lejos divisan bailes en boyantes castillos a donde no se les invita. Si algo luce cierto es que les tocará salvarse a sí mismas, conquistando la libertad desfigurada por el guión que se les impuso. “La gente decide su historia y su destino” dice el psiquiatra Eric Berne, “y estas decisiones se pueden cambiar”. Ni víctimas ni victimarios: conviene asumir que a la vuelta de la esquina, está por comenzar el tiempo de la autonomía.

Mibelis Acevedo

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