Opinión
¿Optimismo de desesperados?
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“Este país ya no aguanta más”… ¿cuántas veces ha repicado esa frase a lo largo de estos años como el tañido fragoroso y terminal de un ultimátum? ¿Cuántas veces fue blandida, plena de épica y fogoso nervio, para ilustrar la agonía movediza de una sociedad cuyos infiernos parecen ensancharse cada día? Lo cierto es que aunque usada como avío retórico que invariablemente calza a la medida de la pulsación del momento, hecha crónica excusa para prescindir de remedios “lentos”, para resolver el ahogo cuyo trámite “no espera” por los tiempos de la gestión política, la frase de marras ha sido desafiada una y otra vez por los hechos. Vista con cruda objetividad y a la luz de los errores invocados por la desesperación -esos que hacen que el avance acabe trasmutado en nuevo abismo- la realidad muestra que, con todo y sus aciagas roturas, el talante para la permanencia no luce tan perecedero; que siempre hay otro inédito sótano por inaugurar y al cual descender; que en vez de ahorrar sufrimiento, el apuro sólo ha dejado cansancio, atasco, frustración.

Llevados por la ola de desesperanza y cinismo no faltan quienes -despachando las conquistas que antes concretó una oposición unida, enfocada en la vía democrática y renuente a los atajos antipolíticos- aducen que “locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados distintos”. Pero la manoseada cita -atribuida erróneamente a Einstein, por cierto, cuando al parecer fue acuñada por la escritora Rita Mae Brown- podría ofrecer, dada la evidencia, otra lectura: ¿no es acaso un síntoma de irracionalidad dejarse guiar una y otra vez por la desesperación, eludir la ruta segura porque su exigencia es percibida como dilación, desandar lo andado mientras nos dejamos pinchar por el fullero aguijón de las salidas instantáneas y fantasiosas; y apostar al final por un providencial rescate Deus ex Machina? ¿Hasta qué punto se ocultan tramoyeras distorsiones cognitivas en esa vocación por el marketing de la impaciencia al que recurre cierto liderazgo; falacias lógicas en las que nos refugiamos para estabilizarnos emocionalmente, aún cuando desfiguren la realidad? A las pruebas nos remitimos: más allá del guiño a una encrespada audiencia que presiona especialmente desde las redes sociales, ¿acaso han dado frutos tangibles las promesas de salida express, los “ya” remozados hasta el tedio y administrados como audaces píldoras cúralo-todo, los despistados diagnósticos sobre la caducidad del aguante o el colapso del régimen? ¿No se habrá confundido en ese caso el deseo con la realidad?

Así, bombardeada por el extravío, las nocivas generalizaciones o los fogonazos de los “iluminados”, la narrativa de la oposición transita a merced del espasmo, nunca del todo resuelta; una inhalación consistentemente interrumpida por la propensión a tomar las emociones como prueba terminante de verdad. En ese sentido, pocas cosas han hecho tanto daño a la política como los mordiscos del pensamiento dicotómico, propio de visiones radicales que destierran el término medio y se instalan en los absolutos, donde la realidad y sus grises no figuran. En ello va un serio problema de abordaje de nuestra tragedia que en la medida en que crea expectativas imposibles de satisfacer, que al remolcarnos hacia el hocico ávido de los callejones sin salida, corona en recelo y desmovilización.

Con ese cenagoso tramo nos topamos. El hacer de la dirigencia, en lugar de alentar una política de la confianza capaz de entrever soluciones realistas, de entusiasmar con un proyecto de país, de acompañar el malestar y organizar la rabia para la puja común, se ha estancado en una política de la queja, la culpabilización y la denuncia de lo obvio que sólo refuerza en la sociedad la autopercepción de víctima indefensa: “no soportamos, no aguantamos, no toleramos más”. Táctica traicionera, pues cultivar la sensación de que la catástrofe nos sobrepasa, de que nada de lo que hagamos servirá para reparar las cosas, lejos de aglutinar fuerzas nos lleva a capitular, persuadidos de que la llave incumbe a otros, al azar y sus tómbolas. Es la certeza fatalista que traspasó al atolondrado Romeo, la de ser un “juguete del destino”; el locus de control externo que tulle y condena al infantil plantón, la invasión milagrosa que nos libraría de nuestros verdugos.

Si bien es cierto que la coyuntura es peligrosa y acuciante, de poco sirven los cálculos basados en espejismos o escenarios improbables. Al contrario, contra la limitación urge una disección descarnada y precisa, alternativas viables, no propuestas hechas para contrarrestar el íntimo horror vacui. Sí, la ansiedad puede ser una torpe mentora cuando hace que la creencia, el prejuicio o la apetencia desalojen al pensamiento racional. Son los gestos de ese trapacero optimismo de los desesperados, la “esperanza hueca” que tanta ojeriza inspiró en una mística Simone Weil, cuyos vapores a veces nos hacen olvidar que sólo la acción guiada por la sensatez será capaz de producir el cambio que necesitamos.

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Mibelis Acevedo

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