Opinión
¿País de inmaculados?
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Tener que trastear con esa sensación de barranco doloso que deja el haberse dejado embaucar por la sinuosa labia de ciertos pícaros, es bochorno que urge evitar, a toda costa: pero en el que, humanos al fin, podemos caer más seguido de lo deseado. Eso sí: si hablamos de un hábito tóxico en lo privado (que incluso, castiga al más avispado) suele ser bomba de tiempo al mudarse a lo público, cuando la fe candorosamente adjudicada a un líder político, por ejemplo, pasa de ser papelillo apto para la fiesta a simple basura por barrer tras su uso. Para quien asume su cuota de responsabilidad en el juego del engañador, sin embargo, la ruta del arrepentimiento es seña de evolución. El griego “metanoeo” (para “arrepentimiento”) que significa “cambio de mente“, aludía justo a ese salto de perspectiva respecto al pasado. Y pues, dado que el cometer errores no está fuera de nuestro menú de limitaciones, y que el acto de contrición auguraría eventual enmienda, aspirar al perdón parece algo razonable. Pero el paisaje de una Venezuela herida por el indolente extravío del poder, por la espina de ese aval que muchos otorgaron por años al proyecto causante de la crisis, nos planta en medio de un caótico campo de tiro. Aunque por primera vez la posibilidad de un cambio en manos de una nueva mayoría impele a avanzar, a corregir y perdonar; a reparar lo dañado, a mirar el futuro y superar el pasado, algo nos ataja desde las vísceras. La rabia comienza a trocar en una exigencia de justicia de la que emana un incierto tufo a venganza.

El odio hizo lo suyo, es obvio. Tantos años de traficar con los malhadados códigos del resentido nos impusieron su agenda emocional y semántica, nos ofuscaron con anti-valores, nos invadieron a punta de neo- lengua, patrocinaron incluso nacimientos de especies endógenas tan destructivas como el “odiador” que habita las redes sociales, ese Coragyps atratus pródigamente fotografiado por Jean Maninat. “Todos los cómplices pagarán”, clamaba alguien en estos días, como si la hora de la justicia implicase volver al retrógrado “ojo por ojo” de la Ley del talión. Una tragedia que sugiere que la reconstrucción del tejido social tendrá que considerar las puntadas más básicas. Tanto así se desbarató en el camino.

Ante un virtual triunfo opositor en parlamentarias, muchos lo advierten: “La alternativa que deberá ser abierta a partir del 6-D sólo puede ser una: el inicio de la re-constitucionalización del país. (…) En ningún caso deberá ser la hora de la venganza”, dice Fernando Mires: “La venganza no es un derecho y por lo mismo no está estipulada en ninguna Constitución”. Y aunque añade que tampoco “está estipulado el derecho al perdón”, parece prudente considerar que la administración de una eventual “justicia transicional” –esa que en aras de la recuperación del Estado de Derecho entraña la forzosa rendición de cuentas y la reparación a las víctimas- debe estar movida por la más esencial de las clemencias: la que nos debemos a nosotros mismos, como individuos, como sociedad.

Lo cierto: sin el arrepentimiento de antiguos simpatizante del oficialismo, hoy desencantados, el plan de sumar voluntades a la consolidación de esa nueva mayoría sería simple deseo. La realidad monda y lironda dispensa antídoto a la ceguera, y otorga ventaja al desatasco que encarna la Unidad, sí. Pero es bueno calcular lo que vendrá tras el 6D: la re-constitucionalización supondrá cohabitar, quieras o no, con un chavismo que no sólo no se esfumará, sino que seguro aspirará a sobrevivir como fuerza política. De modo que en función del largo plazo importa mucho vencer y convencer a cuenta de “razón y derecho en la lucha” como diría Unamuno. En ese sentido, amenazar o apuntar eternamente a quien se equivocó, en nada contribuirá a mover la rueda hundida en el fango. Hurgar en las pasiones tristes (Spinoza) y no en las pasiones alegres –las que desarrollan el potencial del ser, no las que lo retrotraen- podría hacer la diferencia entre una sociedad domada por la culpa paralizante o una que se aferra a una renovadora pulsión de vida.

No es viable un país de inmaculados. Así que rearmarlo junto al ciudadano que, consciente de su traspié, superó su tozudez ideológica, pasa por la oamnestia, la pedagogía política, la suma. Los propósitos de enmienda nunca sobran, aunque quizás debamos admitir que el error del político (tecla que pulsa la reciente confesión de Luis Miquilena en entrevista concedida a Leonardo Padrón) amerita otros reparos. Dado su impacto, tal rectificación se ata a la práctica y al presente: “En la política el arrepentimiento no existe. Uno se equivoca o acierta, pero no cabe el arrepentimiento“, decía un implacable Santiago Carrillo, figura del comunismo español, clave en la transición a la democracia post-franquismo. Lo deseable entonces es que la sincera asunción del error llegue a tiempo y en su versión más luminosa: la del rupturista, el renovador, el progresista. De estafadores compulsivos, más temerosos del mal que puedan cobrarle, como diría La Rochefoucauld, ya tuvimos suficiente.

Mibelis Acevedo

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