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“Era domingo, pero nadie pensaba en eso. Ninguna diferencia existía entre un martes y un domingo para ellos. Ambos eran días para tiritar de fiebre, para mirarse la úlcera, para escuchar frases aciagas: “la comadre Jacinta está con la perniciosa”; “nació muerto el muchachito de Petra Matute”(…) Hacia delante no esperaban sino la muerte, el gamelote del cementerio. Hacia atrás era diferente. Los jóvenes de ojos hundidos y piernas llagadas envidiaban a los viejos haber sido realmente jóvenes alguna vez”. El dolor prolijamente desgranado por Miguel Otero Silva en “Casas muertas” flota a merced del espíritu terminal de los hundimientos, el estupor por una ciudad-escombro abatida por el paludismo, la tos ferina, la fiebre amarilla, que a contrapelo de la flecha que señala al frente, en medio de las certezas de prosperidad ajena y la nostalgia por el pasado, va disipándose en el famélico rebote del presente.

Para más absurdo, la Venezuela de la revolución “humanista” bulle en el eco de ese Ortiz en agonía. Y peor, pues trasteamos con la culpa de haber estrujado un barril a $100 sin ninguna preocupación por procurar alguna base real de desarrollo que mitigase los destrozos del derrumbe. Ni modo: mientras el rezago persista, seguirán zumbando como señeros referentes las obras de los 40 años de democracia, aquel afán por incorporar al país al río vivificante de la modernidad, de erradicar las endemias (en 1962, incluso, la OMS otorgó a Venezuela un reconocimiento por sus éxitos en el control de la malaria), de construir una vasta red de hospitales y ambulatorios, de dotar de embalses y sistemas de electrificación a todo el territorio nacional; la aspiración descentralizadora del “Gran Viraje” que cobra cuerpo en 1989, cuando la acción de gobiernos regionales electos por primera vez por el voto popular prometía conjurar la atávica inequidad entre la capital y la provincia.

En criminal contraste, y como apunta Rosa Estaba en su trabajo “La construcción de un territorio”, Chávez incursionó en 1999 con una suerte de “populismo geográfico revolucionario”, fechoría cimentada en su caprichosa exégesis de la crisis gramsciana, la devastadora tesis de que para que termine de nacer el Estado Socialista debe morir el Estado capitalista. Así, frente al denostado esquema heredado de la colonia, opone una nueva forma de distribución territorial del poder político, económico, social y militar que promueve, entre otras cosas, “un desarrollo endógeno anti-urbano y primitivo, fundado en la explotación de los recursos naturales y no en las actividades modernizantes propias de la Sociedad del Conocimiento”, y la creación de una red de ciudades comunales -el manoseado “Estado Comunal”- que sustituiría las entidades federales históricas.

Aún sin cuajar y a expensas del avieso interregno institucional, la sombra del Estado comunal insiste en acecharnos desde los cortijos de la ANC. Pero no hay duda de que el avance del gran plan -el del Socialismo del s.XXI- ha dejado su holladura en la progresiva desindustrialización, la quiebra de la agricultura, el deterioro de servicios, la destrucción de la vialidad, la “carencia de viviendas, escuelas y hospitales, ruina de las ciudades, exclusión territorial y pobreza crítica y generalizada”, remata Estaba. El delirio leninista-caribeño de destruir “la máquina” del Estado burgués, apoderarse de ella, usarla “para liquidar toda explotación” y luego relegarla “a la basura”, patina por enésima vez en la historia.

Para muestra, un pavoroso botón: males extirpados hace más de 60 años hoy cunden sin control. Sólo en el estado Bolívar se reportan hasta octubre 206.240 casos de malaria, por ejemplo, y no hay garantías de sofocar el contagio por la escasez de medicinas; según la Alianza Venezolana por la Salud, Venezuela exhibe los peores indicadores de la enfermedad en Latinoamérica entre 2000-2016: aumento de casos del 709%, aumento de 521% en muertes, aumento de 540% en incidencia parasitaria anual. Es ese modelo caníbal que nos arrastra a los oscuros predios de la barbarie ritornata, al infortunio de una sociedad azotada por el letal escalofrío, la falta de pan, vacunas, luz o agua; al mismísimo desamparo de Ortiz, otra vez triturados por la angurria de un gobierno central que cree que con suspender la publicación de boletines epidemiológicos logra preservar intacta la “virtud” de la revolución.

“Yo no vi las casas, ni vi las ruinas. Yo sólo vi las llagas de los hombres”. El tosco ultimátum de la muerte, la imagen del niño de panza hinchada y pies deformes rogando por quinina en la bodega vacía, se hizo déjà vu imperdonable. La acumulación de la tragedia atentando contra la piedad se une también al coro de resultas. Es la peste, la peste que no llega sola, que arrasa hasta con la ternura. Somos nuevo-viejo país azotado por los apetitos de otra camarilla, pero eso no dice que no podamos enfrentarla y resurgir de los despojos, como antes se hizo: sí, en ello hay que poner toda esperanza, por más que duela.

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Mibelis Acevedo

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