Opinión
Política Imperfecta
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Tras más de 16 años de extravío y omisión en lo económico, de arbitrariedad y exclusión en lo político, de abusos en lo jurídico, de inducida crispación en lo social, de corrosivo agobio de la psiquis colectiva, quedan pocas dudas respecto a la necesidad de que el país emprenda camino hacia su urgente sanación. Sí: a pesar del largo entrenamiento de desengaños que deja una historia fajada a trompicones con el SXXI, sorprende que aún porfíe nuestro afán de soñar con un futuro que mejore sustancialmente lo presente. Tales afanes, claro, resuenan en la sociedad de modo distinto: en el caso de enfoques más radicales (reacios a acoger cualquier otro matiz) la opción de cambio pareciera admitirse sólo si hay condiciones ideales que permitan un salto drástico desde la actual indigencia a un estado modélico, donde cada uno de los viejos vicios sea conjurado. “Todo o nada”: a eso apuntaría el planteamiento de ese sector del complejo electorado no identificado con el oficialismo. Aspiración legítima, quizás, porque, ¿quién, abandonado a la libertad de construir su íntima utopía, no cede a la tentación de dibujar espléndidas torrecillas, escaleras, laberintos intrincados, fosos y bien dotados aljibes, poderosas almenas, extravagantes jardinerías; todo, todo lo que haga falta para hacerla perfecta? “Mi pensamiento (la presencia inmediata) es indudable, en cambio las cosas del exterior son dudosas”: en esa identidad entre el pensamiento y el Yo se funda el idealismo cartesiano. Sin embargo, si la idea (en tanto “plasmación ideal” de una cosa, como la define Platón) no logra eventualmente conciliarse con lo que, de hecho, ofrece la realidad –la edificación modesta pero resistente, por ejemplo- podríamos estar optando por el yermo camino de la insatisfacción crónica. Esa, que terminaría sumiéndonos en la paralización.

La idea que no se registra como acción y concreción, como tránsito de lo inmaterial a lo material, es posible que resulte más bien en estorbo, en retórica inútil, por más atractiva que parezca. Eso, en política, suele cuajar en premisa crucial. En este sentido, Maquiavelo y su Realismo Político arriman sugestivas reflexiones: el éxito del líder radica en saber prever las situaciones, valorarlas y armonizar su conducta con la dinámica inherente a ellas. Son las necesidades las que impondrán una respuesta, de modo que toca leer el entorno e incorporarlo como dato para la potencial materialización de propuestas. El realismo sostiene así que la eficacia en política se juzga a partir de sus resultados; mismos que (como apuntó el griego Tucídides) deben ir a favor del “interés nacional”.

El fin justifica los medios, sentencia Maquiavelo: más allá del basto cuestionamiento ético al planteamiento, vale la pena atenderlo para identificar ese “río que se desborda y los diques que lo contienen”, esto es, la fortuna, lo imperativo, el hombre-como-lobo-del-hombre frente al poder de la razón, la voluntad humana. A pesar de que hoy nuestro entorno arroja señales contradictorias respecto a los alcances de esa voluntad (encuestas que auguran un probable triunfo opositor vs un liderazgo que aún no logra consolidar adhesiones en ciertos sectores) luce claro que alcanzar ese fin –un país rehabilitado, salvado de tanto anacronismo- implica ajustar la brújula de la expectativa según los insumos dispuestos por las circunstancias. Entender, pues, que no sólo es desafortunado exigir peras al olmo, sino pueril. (En días recientes y tras cronológico paseo, Elías Pino citaba el caso de la malmirada pasividad popular frente a los desmanes del chavismo; crítica injustificada, decía, si se considera nuestra tendencia a “evitar la reacción ante administraciones oprobiosas (…) No se nos puede pedir lo que no hemos dado a través de nuestra historia”, concluía sin dramas y con verdades). En estos “tiempos interesantes” -también tiempos de oportunidades- el pragmatismo, la Realpolitik se impone: lo sensato es reconocer las limitaciones internas y externas para vigorizar ventajas y así tomar medidas que apunten a materializaciones.

El punto es que, como producto de la imperfecta (humana) puja democrática, si bien las fuerzas de oposición congregadas en la Unidad no están exentas de errores -y no podemos dejar de señalarlos, oportuna y constructivamente- ellas encarnan una opción cierta y organizada de revertir el continuismo oficialista. He allí la “verdad efectiva”: cuando el fin es la conquista de un bien mayor, y ante la resistencia a aceptar condiciones, personajes o acciones que nos perturban, lo útil es negociar primero con nosotros mismos; y ceder, para ganar. “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”, advertía Voltaire. Insistir en falsas dicotomías entre la utopía (lo perfecto) y lo real (lo imperfecto) nos puede condenar a la muy nociva Falacia del Nirvana. Antes que habitar un lugar impoluto pero intangible, es preferible lidiar con nuestra defectuosa humanidad: y aprender a ponerla de nuestra parte, si en ello se juega la supervivencia.

Mibelis Acevedo

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