Opinión
¿Por qué odian a los políticos?
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La función de un intelectual es decir la verdad mientras la del político es decir lo conveniente decía Max Weber en El político y el científico. Esa lógica es incomprensible para la generalidad de las clases medias que en general odian la política, rasgo común, tal vez en todos los países democráticos. Si alguien no entiende algo elemental en las circunstancias actuales, por ejemplo, la importancia electoral de separar a Maduro de Chávez (y no atacar a este último que además está muerto) es porque no ha logrado pasar el umbral de la política. La antipolítica surge de ese umbral cuando un ciudadano o un grupo deciden que basta ya de los incapaces, cobardes, corruptos y se deciden a “dar el salto” desde sus oficios a la política. Y sus opiniones y acciones amateur son emocionales, del corazón, moralistas, confrontacionales, igual a las del ciudadano promedio, del que no se diferencian demasiado.

 

En cambio las de un político con oficio son pragmáticas, racionales, estratégicas (valoran posibles consecuencias) y tienden a la negociación y no al conflicto. Según estudios realizados en varios lugares y momentos, odio a los políticos tiene diversas razones. Ellos políticos tienen las mismas fallas humanas que las demás personas: dolo, corrupción, inmoralidad, abuso, ostentación, pero portan el handicap de que sus actos son públicos, se conocen a través de los medios de comunicación. Así el ciudadano standard, normalmente pecador, ese que golpea a su cónyuge o a sus hijos, o los maltrata de palabra, el mecánico que cobra repuestos que no cambió, el estudiante que se copia o el profesor que no va a clases, se convierten en jueces implacables kantianos, inflexibles, de los que se ocupan de la res pública. Podemos encontrar excelsos farsantes, mezquinos, envidiosos, egoístas que dan lecciones de ética cuando sus vidas privadas son la negación.
 

Pegarle a la mujer
 

Un ciudadano de las clases medias suele tener una profesión, se dedica a ella y a su familia a tiempo completo y naturalmente no tiene tiempo de involucrarse en la lucha de poder, que no sea como hobby, pero es implacable cuando juzga las limitaciones de quienes dedican su vida a ella. Como realmente esos grupos son depositarios de saberes específicos, consideran que eso es lo que requiere la política, a la que no consideran un conocimiento sino un oficio bastardo. Un estudio hecho hace tiempo en EEUU utilizaba el microautoritarismo doméstico para explicar el problema. El padre, semidiós de la estructura familiar, autoridad máxima, depósito de la sabiduría para su núcleo, se siente competido cuando un personaje aparece en el medio mítico, la televisión, que lo opaca en su pequeño dominio, y por eso se ve impulsado a descalificarlo: “ese es un imbécil, un ladrón”.
 

Así resuelve el reto. El odio a la política es germen de las dictaduras. Caudillos de hierro que se yerguen contra los activistas democráticos por su “corrupción”, “incompetencia”, “engaño”, como el Flautista de Hamelin ponen tras de sí las elites cultas. Después viene lo que sabemos. No hay proclama de golpistas latinoamericanos que no hable de esos temas. Berlin dijo, con su serenidad de entomólogo para estudiar la política, que bastaba que un demagogo fuerte, decidido, sin miedo y capaz se pusiera de frente, para que las elites y la democracia se hincaran. Lenin, Hitler, Mussolini, Pinochet, Castro, son los redentores que nos libran de los males políticos con puño de hierro. Viene entonces El corazón de las tinieblas, título de la novela de Conrad, una de las mejores metáforas de la tiranía, la opresión y el sufrimiento humano causados por un tirano, el Agente Kurtz, un europeo en el Congo.
 

Llamadas calientes
 

Los hipercríticos de la política se convierten en asesinos del sistema. En la etapa canalla de los 90 en Venezuela, para degradar al Congreso, algún medio tituló que los parlamentarios gastaban miles de millones en “llamadas calientes” pagadas del presupuesto. Era mentira. Un vehículo de la caravana presidencial atropelló en Zulia a un guajiro y el mismo medio lo presentó casi como si el presidente hubiera sido el conductor. Los partidos políticos son perros guardianes de la democracia. Ensucian, hacen ruido, huelen mal, de vez en cuando muerden algún vecino. Un buen día por presiones aparentemente justificadas, sus amos los sacrifican. Y entonces la protección se acaba y entran las amenazas de la calle. El Agente Kurtz, (que en la película, Coppola ubica en Vietnam por licencia poética), había embelesado unas tribus en el Congo profundo donde construyó un reinado del horror y se hacía rendir honores de dios.
 

Lo consiguen enteco, enfermo con una mirada aterradora de odio, rodeado de cabezas y cuerpos empalados, su santuario infernal. Había destruido la vida de sus seguidores, que a pesar de eso lo adoraban. La opresión puede ser así, pero fracasa. Los hombres han dado la vida a lo largo de la historia, por la libertad y la felicidad, el amor y la solidaridad. Y no se trata de mera literatura. La voluntad inflexible de vivir con dignidad  derrota los más tenebrosos mecanismos del horror. Es la voluntad del bien lo que hizo que el hombre saliera de las cuevas y hoy esté en el espacio sideral, por sobre la natural propensión a la maldad que tenemos en el alma. Lo que muere es porque no tiene fuerza para vivir y por eso para Unamuno la agonía era la resistencia de la vida contra la muerte. Venezuela recuperará la libertad que nunca debió perder.

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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