Opinión
Ramón J, por Francisco Suniaga
Opinión

El conocimiento personal que tuve del doctor Ramón J. Velásquez, “periodista e historiador, ex ministro, ex senador y ex Presidente de la República”, tal como quedó descrito en la primera frase de El pasajero de Truman, fue precisamente por la escritura de esa novela. En el proceso de investigación, había leído ya buena parte de su obra y casi que memorizado el infausto episodio del Hotel Ávila, cuando tuve el placer de sentarme a conversar con él por primera vez.

 

Fue un desayuno hace unos diez años y me sorprendieron dos cosas: su buen apetito y el hecho de que pudiera repetir de manera casi textual, palabra por palabra, el mismo parlamento que le había leído en dos trabajos, separados por varios años, en el diario El Nacional, para referirse a la nefasta mañana en que se hizo pública la insania de Diógenes Escalante. Contó la historia de largo un tirón y rechazó con firmeza cualquier intento mío de interrumpirlo con alguna pregunta, circunstancia que me hizo poner en los labios del personaje Velandia esta expresión:

 

“Cuando me toca contar algo, que a nuestra edad es invariablemente de un tiempo remoto porque ya no nos pasa ni somos testigos de nada nuevo, echo mano del único recurso posible para minimizar el daño que a la veracidad pueda hacerle el deterioro de mis facultades mentales, concretamente de mi memoria. Tengo un camino para cada historia y no me salgo de él. Las cuento exactamente igual en cada oportunidad. No tomo atajos, no hago resúmenes, no incorporo elementos distintos a los sabidos ni opino sobre otras versiones. No me gusta que me interrumpan porque es la forma más fácil de perderme, y, si me pierdo, comienzan los problemas”.

 

Una estrategia personal que, aunque se tratara de un juicio del autor de la ficción libresca, revelaba a Ramón J como el periodista que era. Me parecía, además, una forma sensata y responsable de manejar el dilema del testigo que se convirtió en actor, pues debió significar para él una gran carga ser el único depositario del registro veraz de un instante crucial de nuestra historia republicana, narrarlo miles de veces y no distorsionarlo nunca.

 

Contó la historia citando nombres y acontecimientos con una soltura que parecía imprudente en un país donde siempre hay algo que ocultar. Después, al leer un ensayo suyo sobre lo que puede o no decir un historiador entendí su postura:

 

“En la historia, la culpa de lo ocurrido, si la hay, o la responsabilidad por los acontecimientos vergonzantes o bochornosos, si los hubo, no es de quienes los cuentan sino de quienes los hacen”.

 

La investigación sobre la novela iba ya bastante avanzada cuando quise entrevistarme con el doctor Velásquez aquella primera vez. Su relato oral, en términos estrictos, no fue sino la verificación en vivo de lo que había escrito o dicho sobre el tema, pero fue fundamental para la novela porque desbarató mi idea inicial de excluirlo como personaje. La razón era que me parecía demasiado obvio: todo el mundo conocía su relato y su participación en aquella dramática circunstancia. Esa entrevista me convenció, sin embargo, de que ese episodio y Ramón J estaban fundidos en uno y escribir la novela sin él iba a resultar imposible.

 

Durante el proceso de escritura de la novela no quise volver a hablar con él. Aunque no me faltaron ganas, estimé que sería imposible tomar distancia con el personaje si además de estar en la novela estaba en mi cotidianidad. Volvimos a reunirnos a finales de 2008, cuando el libro ya había sido impreso. Fui a visitarlo a su casa para llevarle un ejemplar y conversamos largamente sobre ese y otros temas. Me citó para el miércoles siguiente, una vez que lo hubiese leído, para hacerme sus comentarios.

 

En la siguiente visita, cual escolar complacido por haber hecho su tarea de manera exhaustiva, me esperaba con un block de notas donde había una gran cantidad de comentarios. La entrevista, gratísima, fue además bastante extensa porque el doctor Velásquez se explayó de manera magistral en la historia de Diógenes Escalante, mucho más allá de lo que el libro cuenta. Sin duda que con sus comentarios habría sido posible hacer más rica en detalles la novela, pero entendí que ese era el precio que había que pagar por tenerlo como personaje en ella. Y bien que valió la pena.

 

El final del diálogo entre nosotros fue una buena muestra de su empeño denodado por ser, al mismo tiempo, actor y testigo de su vida. Le expresé que había tenido el temor de haberlo maltratado en la novela y me cortó diciéndome: “Usted nos trató a los tres con gran justicia”. Luego, para mi sorpresa, en la despedida a las puertas de su casa, me retuvo y me sorprendió al preguntarme:

 

– ¿Cómo supo usted que Hugo Orozco y yo nunca habíamos siquiera hablado?

 

– No lo sabía –le respondí–. Después de haberme entrevistado con los dos, supuse que era verosímil que no lo hubieran hecho. Y como no soy historiador sino narrador, eso me bastaba.

 

– Nunca hablamos –se lamentó–. En aquellos años, porque él tenía una posición muy importante, era como una especie de Ministro de la Secretaría del doctor Escalante, y la mía era modesta. Después, porque aunque parezca mentira, jamás coincidimos. Igual le envié mensajes con distintos mensajeros para que habláramos y él jamás mostró interés.

 

Fue todo un privilegio y un honor haberlo conocido en ese plano, no siempre hay oportunidad de hablar con un historiador y con la historia misma.

 

Mis condolencias a todos los venezolanos, a su familia y en particular a su hijo Gustavo, mi amigo.

Francisco Suniaga

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