Opinión
Rosa Estaba: En Aruba no hay pobres
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Viajé a Aruba, la isla caribeña estratégicamente situada a 25 kilómetros al norte de Venezuela, desarrollada sobre los escasos 193 kilómetros cuadrados (la quinta parte de Margarita) de llanura semiárida tropical, sin ríos ni lluvias e interrumpida por algunas colinas, pero privilegiada con regias playas de arena blanca, mar turquesa, cristalino y preñado de peces, sol radiante y brisa fresca. Fui a reencontrarme con los 23 años de registros íntimos familiarmente deleitados durante las dos semanas recibidas como un premio de vida.

Aproveché los días para leer, imaginar, reflexionar, trazar futuro, cocinar a lo gourmet, caminar y caminar, nadar y nadar. También me sirvieron para desanudar sentimientos encontrados, nacidos con los recuerdos, la constatación de ausencias y el reencuentro de mi hija y yo con la nieta, quien voló desde México donde se radicó para enrolarse en la diáspora por primera vez sufrida por Venezuela. Muy dolorosa resultó la inevitable y triste comparación de lo que me atrevo a llamar El milagro arubense con mi arruinado país, divisado en lontananza a un costado de las espectaculares puestas de sol.

No es necesario recurrir a mucha data para apreciar en el impoluto paisaje el crecimiento económico, social y ambientalmente sostenido experimentado por Aruba a partir de 1986 y con pie firme desde 1998. Se levantaba la genuina sociedad de ciudadanos privativos de una economía de mercado próspera y fundada en principios democráticos occidentales, en franco contraste con la advenediza revolución venezolana que, en su afán marxista por sustituir la sociedad capitalista por la comunal o socialista del siglo XXI, arrasaba con todo lo construido con gran esfuerzo histórico.

El expedito transito de la Aruba de 1986 a la de 1998

Había visitado Aruba en 1986, casualmente cuando sus innovadores dirigentes deciden retirarla de la Federación de las Antillas para lacrar la partida de nacimiento de una entidad autonómica dentro del Reino de Los Países Bajos. En las soledades de un paraje natural atractivo pero muy pobre en infraestructuras y fuentes de trabajo, apenas destacaban algunas de las primeras cadenas hoteleras, yates atracados para el disfrute del mar y ciertos trazados de vías adornadas de humildes casitas y confluyentes en Oranjestad, la muy pequeña ciudad capital y portuaria, y San Nicolás, el discreto poblado animado por la refinería de petróleo, la principal fuente de empleo desde 1924.

El gobierno de Aruba, resuelto a invertir en el turismo como el pilar económico de la isla, reemplaza a la antigua Oficina de Turismo de Aruba por la Autoridad de Turismo de Aruba, la institución facultada para mandar y hacerse obedecer en materia del desarrollo de nuevos mercados y la intensificación de gestiones relacionadas.

En apenas 12 años, de 1986 a 1998, el turismo en Aruba ya lograba crecer el doble de lo alcanzado por sus pares en todo el Caribe. Gracias a la considerable cantidad de recursos ejecutados para su promoción y la construcción de la infraestructura básica requerida, arrancaba la fantástica construcción de hoteles y de tiempos compartidos rápidamente traducida en sustantivos aumentos de los ingresos y los empleos.

El desarrollo moderno y globalizado de la Aruba del presente

De 1998 al presente, la popularidad de Aruba se propaga. Las instalaciones receptivas, en su mayoría lujosas propiedades de inversionistas extranjeros y muchas de ellas integrantes de reconocidos consorcios internacionales, mantienen el alto nivel de ocupación de alrededor del 75% durante todo el año. Su éxito obedece a la asombrosa confluencia de múltiples fortalezas, todas ellas enmarcadas en un desarrollo moderno y globalizado, con garantía de sustentabilidad ambiental, constatable en la pulcritud de los espacios públicos y en el evidente respeto a una política de ordenación del territorio orientadora del buen uso de cada lugar, incluyendo la revitalización de barrios y servicios y la eficiente movilidad urbana. A la notable hospitalidad y amabilidad de su gente, una fuerza laboral bien educada y calificada y una seguridad pública sin parangón, se suman la estabilidad política y económica, la creación de oportunidades para los visitantes y los inversores, el suministro integral de electricidad y agua con nuevas tecnologías (energía eólica y solar, agua potable desalinizada), las mejoras de las comodidades, la pluralidad de actividades especializadas y por temporadas, la rica vida nocturna y las cada vez más sofisticadas alternativas gastronómicas y para ir de compras.

El milagro arubense envuelve, además, una mezcla de placer con los negocios. Ofrece los incentivos y ventajas fiscales que convirtieron a la isla en un centro financiero muy atractivo para complejas empresas offshore de todo el mundo. Constituidas fuera del país de residencia, gozan de beneficios cuyo alcance depende de su especialización y varía desde la exención de impuestos sobre importaciones, sobre pagos en monedas extranjeras y transferencias, o sobre ventas, hasta un 2% en impuestos sobre ganancias obtenidas con transacciones manejadas desde la isla. Para completar, en 2012 crearon un fondo de inversión local acreditado para brindar apoyo a cualquier empresa interesada en invertir en Aruba, tanto empresarios, inversionistas y expertos financieros, como en los concerniente a su amplia experiencia internacional.

Mientras en Venezuela la revolución anti capitalista ha convertido la pobreza en una tragedia nacional, en Aruba no hay pobres. Lejos de dejarse seducir por socialistas “cantos de sirena” con su inexorable improvisación y devastación, los emprendedores arubenses salieron a pelear al ring de boxeo a la manera de campeones invictos como el gran Muhammad Alí, a quien se le atribuía la práctica de estrategias inteligentes fundadas en un principio: “volar como una mariposa y picar como una abeja”.

Rosa M. Estaba

6 septiembre 2017

Dossier 33

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