Opinión
Sin riesgo no hay paraíso
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Mibelis Acevedo Donís

 

Picados por la candorosasospecha de que hay héroesque viven entre nosotros,dispuestos a salvarnos con su homérico resuello, los ciudadanos solemos equivocarnos mucho cuando juzgamos a los líderes como si sus alcances no fuesen de este mundo. Son humanos, ciertamente, con debilidades, manías y aspiraciones tan terrenales como las de otros; a vecesindefensos ante el eventual quiebre, tan propensos al agotamiento o al traspiécomo el resto de sus congéneres. Pero tampoco es menos cierto que liderar no es práctica que cualquierapueda asumir: los complejos tiempos que corren demandan deese proceso de construcción social no sólo formación, sinohabilidad para interpretar la demanda ciudadana, para enlazarun discurso al oleaje a veces extremo de unethosmayoritario; el olfato para desmenuzar y aprovechar al máximo el contexto, la destreza para comunicar posturas y defenderlascuando sea necesario; el tino para entender dónde ycuándo la coyunturaexigela mediación de líderes “transformadores”, enérgicos y apasionados, factores de inspiración para la mudanza profunda de expectativas; olíderes “transaccionales”, prestosaempujar acuerdos y soluciones puntuales.

 

Paradójicamente (¿acaso llevado por el descreimiento de un espíritu atormentado, víctima de esapreocupación por la ambigüedad moral que retrató en “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”?)Robert Louis Stevensonsostenía que la política era“quizá la única profesión para la que no se considera necesaria ninguna preparación“. Pero una nueva mirada a su afirmación podría también revelarnos un matiz menos áspero, más realista y afín al efectivotalante de la política: puesamén de preparación (atributofundamental, cómo no) ese líder debe poseer un “don” singular, untalento que puede y debe perfeccionarse, pero que difícilmente puede brotar de un erial. Así que aunque “demasiado humano” -y prueba de ello es el hecho de cultivar una actividad tan propia de sucondición dezoonpolitikon, ese animal cívico que a diferencia de los dioses y las bestias escapaz de vivir y relacionarse en la polis; capaz no sólo de actuar, sino de hacerlo concertadamente- el“conductor de destinos”está llamado a distinguirse del común, a pulsar desde otra altura eldesordenado ímpetu de la muchedumbre,a descubrir y conectar con sus angustias, pero evitando ser aplastado por ella,cederle su alma. Y pensar estratégicamente lo obliga, claro, a estar preparado para asumir ciertos riesgos que otro mortal no tendría por qué siquiera considerar.

 

Hay que recordar entonces que la naturaleza del riesgo en política es distinta a la de la guerra, aún cuando ciertas condiciones límitelleven a creer que sólo la abierta confrontación puede ofrecer salidas. Justamente, cuando la dificultadnos estruja, el liderazgo debemoverse con especial pericia, echando mano aesa prudencia que recetabaMaquiavelo (quien por cierto dedica sus lecciones a Lorenzo II de Médici, un príncipe acogotado por la necesidad de unificar la República y sacarla de la crisis en la que se encontraba). El ejercicio real de la política, tal como la concibe el florentino, implicaconsiderar el impacto de situaciones concretas, dehombres de carne y hueso cuyas acciones no responden necesariamente a los móviles de la moral o la religión, sino a los mandatos del sentido común y del pensamiento pragmático, las particulares leyes del poder. El buen líder induce asíun calculado equilibrio entre lo necesario y lo deseable, la disposición al baile virtuoso entre luz y oscuridad, entre las candelas de lo prometeico y la “suciedad” de los límites; todo para sortear con éxito el aparente divorcio entre la gracia del doctor Jekyll y la fealdad del impresentableMr. Hyde.Del arduocompromiso que hay en ello –entrar al fango de la realidad, extraer de allí arreglos no sólo amables, también posibles, útiles; y salir vigorizado por el logro- nadie puede dudar.Sin riesgo no hay paraíso.

 

Es penoso que esa responsable cualidadparaatreversey marcar pautahaya mermado dramáticamente entre nuestro liderazgo, sobre todo en estas horas decisivas. Es mucha la amenaza, mucho elleñazoencajado ala oposición democrática venezolana, sí, pero eso no debería ser pretexto para la auto-invalidación, la renuncia, el manso resguardo en zona segura; para la falta de acción, ese temor a elegir que sólo apunta al vacío,el “conatus” y sus frutos malogrados de antemano.Al contrario, un entorno con reglas cambiantesreclamaun “liderazgo inadaptado” -dice Felipe González- rebelde respecto a su circunstancia, dispuesto a desafiar la jugadaprevisible, lo bastante sensato para abrazar no épicas, sino discretas movidas capaces de generarefectos globales, devencer el paradigma auto-impuesto.En ese sentido, cabe preguntarse si tras el socavón emocional que hoy sume a los electores respira un miedo mayor: el de no contar con un liderazgo preparado para bregar valiente, astutamentecon la incertidumbre. Y es que no sólo el tiempo muerde los tobillos;también la urgencia de un país por librarse de la muy mundana, entumecedorasombra de la desconfianza.

 

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Mibelis Acevedo

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