Opinión
Sobre el ansia desmedida de poder
Opinión

A comienzos de los años a cincuenta, una vez consolidado en el poder y proclamada la República Popular China, Mao Zedong decidió despojar de sus tierras a los terratenientes y redistribuirla entre los campesinos pobres. En una interpretación de las tesis marxistas derivada de la realidad de su país,  donde el grueso de la población vivía  en el campo,  Mao desechó la idea del proletariado industrial como motor de la revolución y luego de despojar a los terratenientes de sus propiedades, las distribuyó entre el campesinado. En el marco de Primer Plan Quinquenal y  con el apoyo técnico y financiero soviético, la agricultura experimentó un crecimiento apreciable, al tiempo que comenzaba manifestarse un incipiente proceso de industrialización. Pero, una vez estabilizado en el poder y ante la evidencia de que el respaldo de Moscú tenía como contrapartida la conversión de China en un satélite de la URSS, Mao decidió escindirse de tan mezquino aliado y en 1958 anuncia “El Gran Salto Adelante”.

Las comunas

Entre los años previos, 53 y 57, Mao se había propuesto la transformación de la economía agraria en una sociedad comunista, a través de la colectivización de la propiedad, pero en el fondo lo que se perseguía era el control total, por parte del Estado, de los medios de producción y de la sociedad, en un sistema donde “El Gran Timonel” tenía en sus manos al Estado, el partido comunista y el Ejército. Al logro de tales fines Mao crea las comunas, “unidades económicas autosuficientes”, con las cuales se proponía combatir “el individualismo contrarrevolucionario”. Ya en 1957, resulta evidente el fracaso en la producción de bienes alimenticios y entonces Mao se radicaliza aún más y anuncia la ampliación de las comunas, inspiradas en el modelo soviético,  en cuanto a número (llegaron a existir 750 mil) y a las magnitudes de su composición (ocho mil familias por comuna). Hasta que en 1958, cambia de parecer, anuncia  “El Gran Salto Adelante” y comienza la industrialización forzada, proceso en el cual cada comuna debe convertirse en una fundición de acero. Voluntarismo e improvisación son las características de esta etapa, durante la cual se funde cualquier tipo de metal, al tiempo que se descuidaba la producción agrícola. El resultado fue “La Gran Hambruna” (1958-1961) que cobró la vida de quince millones de personas, de acuerdo a estimaciones del gobierno chino, aunque datos periodísticos sitúan la cifra  en 25 y hasta en 32 millones.

Del gran salto a la revolución cultural

Las consecuencias políticas del aquel desastre no se hicieron esperar y Liu Shaoqi (miembro del Comité Central) y Deng Xiaoping (secretario general del PCCH), desautorizaron al hasta entonces intocable jefe, lo desalojaron de sus responsabilidades y tomaron las riendas de la conducción. Liu se convertiría en el  presidente, Deng conduciría, con el tiempo, el cambio de modelo económico chino y Mao conservaría el cargo honorífico de presidente del partido. Se imponían, así, los moderados, quienes intentaron bajarle presión a la radicalización del proceso, el cual marchaba paralelo a la hasta entonces imparable concentración de poder en Mao. Pero éste último, quien se retiró a Shangai, donde contaba con mayor apoyo, no se daría por vencido y emprendería el trabajo de su vuelta al poder convocando a “la revolución cultural”.

El brazo ejecutor de esta supuesta revolución dentro de la revolución sería el movimiento estudiantil, convertido en lo que se denominaría la Guardia Roja, suerte de fuerza irregular paralela que seguía fanáticamente la consigna maoísta del combate contra “los cuatro viejos: las costumbres, los hábitos, la cultura y el pensamiento”. Estrategia maestra de un líder que, siendo el responsable de un sistema opresor, utilizaba a los jóvenes, declarados en rebeldía, para liquidarlo, convocándolos a la violencia contra la intelligentsia,  encarnada, en este caso, por los intelectuales, los profesores de todos los niveles de la educación y en general contra los creadores y quienes se atrevían a pensar distinto. Era la devastación total, que incluía el patrimonio histórico y artístico, las universidades, la libertad de cátedra, los credos religiosos y, en general, los antiquísimos valores de una sociedad milenaria. Ese fue el precio que mil millones de personas debieron pagar por el regreso de Mao al poder, quien de inmediato  sacó de circulación  a sus dos enemigos: Liu murió en prisión y Deng había sido confinado a un trabajo de guachimán en una fábrica. Luego, con el apoyo de unas fuerzas armadas que se mantuvieron “neutrales” a lo largo de la revolución cultural, la emprendió contra la Guardia Roja. De forma que sus dirigentes fueron duramente reprimidos y muchos de ellos sometidos a destierro en lejanos parajes de la China profunda.  Finalmente, cuando ya tenía de nuevo la sartén por el mango, en 1969, se decretó oficialmente concluido el proceso, aunque hay quienes piensan que la revolución cultural permaneció hasta la muerte de Mao, luego de la cual fue liquidada “la banda de los cuatro”, dirigida por su terrible viuda, Jiang Quing. Lo cierto es que quizás los desatinos de Mao y el costo insólito que costó su apetito de poder no impidieron, a larga, la rehabilitación de Deng Xiao Ping y su comprensión de la inviabilidad del marxismo maoísta. Con  Deng, China daría el gran viraje aunque solo en el terreno económico.

Roberto Giusti

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