Opinión
Susurros de la tribu
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La instalación de una Asamblea Nacional Constituyente cuya irregular habilitación tanto escozor ha generado entre los demócratas del mundo, contó con un giro que añade vértigo a su historial. Tras el acto oficial en el Palacio Legislativo, los constituyentistas iniciaron un peregrinaje que condujo primero al mausoleo de Bolívar en el Panteón y culminó en el “Cuartel de la Montaña”, donde hicieron cola frente al féretro de Chávez para “jurar por su honor la lealtad eterna ante su espíritu invicto”. El ritual, tan cercano a los hábitos de pueblos llevados por el pensamiento mágico y tan ajeno al protocolo que en país normal signaría la práctica secular de un gobierno, retira otro velo a esa infanta contrahecha que no se cansa de bailotear desnuda ante nuestros ojos.

Versión mendaz de la “factio popularium”: en bando cuyo poder es sostenido desde el más allá y administrado a conveniencia por legatarios en el más acá, el culto populista que trasciende los límites de lo político y se instala en terrenos de lo religioso habla de ese circular retorno a la tribu que tanto daño ha obrado entre nosotros. La creencia de que la historia sólo puede ser hecha por héroes, que los pueblos deben amoldarse a la dinámica de una estructura piramidal, con un caudillo todopoderoso o un grupo de almas en la cúpula cuyos dictados son suerte de “verdad revelada”, pretende endosar al Estado -y por extensión, al país- los rasgos de una macrosecta.

Esa lógica de la secta, el gang, la pandilla; esa esencial teología de la sumisión que alienta los totalitarismos y que suele adoptar el sayo empalagoso de la cursilería revolucionaria, cobra cuerpo en una liturgia que indica que sólo la unión sagrada en torno al líder ungido por la vox Dei garantiza la victoria. Dentro de la secta, todo fluye; fuera de ella, no hay vida posible, sólo muerte simbólica y real. A quien disienta, rugía Stalin, “lo destruiremos junto a su clan”; con el mismo fuego brindaba además “por la destrucción de los traidores y su línea vil”. En este nuevo cenáculo de la revolución representado en la ANC, es obvio que el valor de la ilustración, el del avance democrático, el interés por el diálogo o la solución de la crisis no es lo que prevalece. Y aunque algún alto vocero del régimen afirme que allí “huele a pueblo” (como si esa y no otra fuese expresión del verdadero nacionalismo, el Volksgeist, el “espíritu de la nación”), luce claro que el único visado lícito para acceder a sus cortijos es haber demostrado lealtad ciega al tótem, el espíritu benefactor que los protege y al cual deben veneración.

Penoso es aceptar que tal discurso, quizás percibido hoy como un tráfago exótico que orienta los latidos de esa exigua camarilla aferrada al poder, hasta hace poco encontró dulce guarida en el imaginario colectivo del país. Sí: y ha sido atroz el costo del retroceso, el hurgar en ese filón de barbarie que toda civilización reserva, agazapado y presto a asaltar y desgarrar cuando las condiciones se lo permiten. Con todo y el dolor que nos ha valido ceder ante la pulsión, aún no nos libramos de ella, seguramente: hay allí un enemigo familiar, incrustado en el pulmón de la idiosincrasia, uno con el que toca lidiar cada día.

La tradición militarista, el grillete histórico de ciertos mitos de los cuales se sirve la irracionalidad (el héroe que roba el fuego para dárselo a los mortales, la guerra emancipadora, el hijo ofrendado a Dios, el Fénix renacido; el del alma naturalmente virtuosa del hombre, ese “buen salvaje” puro e irreprochable, entre otros) o los frecuentes intentos de expulsar a la sociedad civil de la arena política a partir de su manipulación, han conspirado y conspiran contra nuestra evolución y autonomía. No en balde Ana Teresa Torres indaga en las resultas del mito bolivariano y cómo su surgimiento incide en el resquebrajamiento del inconcluso mito democrático, cuando la figura del militar alzado irrumpe para capitalizar el desaliento, convertirse en “vengador del pueblo, portador de la ira colectiva” y, finalmente, en arquetípico redentor; fruto del hilo que, presuntamente, conectaría ideológicamente a Bolívar -héroe traicionado- y su gesta independentista con la Revolución Bolivariana.

El íntimo susurro de la tribu nos aturde. A instancias del agotamiento, del trastorno que causan quienes pretenden reinstalar sus atavismos y fetiches, asoma de vez en cuando la apuesta inconsciente a ese “hombre fuerte” capaz de dar carne a la utopía. Los respingos que han causado las apariciones de factores militares, aisladas a todas luces de las últimas bregas civiles, no dejan de alertarnos. Sin desmerecer la genuina preocupación de otros venezolanos sufrientes, toca insistir en que el aval que legitima esta lucha reside en su talante democrático: esa vía larga, tortuosa, no exenta de errores, es la que al final promete desenlaces consistentes. Hay que pelear también, entonces, para que el mito no nos sobrepase de nuevo, que no nos invalide. Este país ya no está para desvíos.

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Mibelis Acevedo

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