Opinión
Tratado de la desesperación
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El gobierno amenaza con caos, días de oscuridad, violencia, en caso de que las fuerzas democráticas ganen las elecciones parlamentarias. Sus palabras son atropelladas, pero atropellan también el sentido común de cualquier ciudadano que ande por las calles o tenga que comprar alimentos. Días de oscuridad le ha tocado a un millón de mujeres que perdieron sus hijos, padres, esposos, amantes en la revolución, y cuya vida transcurre en hechos atroces que produce la incompetencia del gobierno. Asesinatos de civiles, exterminación sistemática de policías y escoltas, inflación y devaluación desatadas, escasez, represión. Los revolucionarios hacen lo único que saben: culpar a las víctimas, los medios de comunicación, los líderes democráticos.

La delincuencia posee territorios liberados con el nombre de “zonas de paz”. La ciudadanía debe mantener los horrendos episodio de sus días oscuros en silencio pues difundirlos es un ataque a la revolución -quieren que seamos cómplices de la tragedia-, que no se hable de los criminales salvo como “víctimas” y en ocasiones como “buenandros”, no como antisociales, monstruos que destrozan familias a diario. El Galáctico, expresión de sus resentimientos, modeló la violencia desde el 4-F y siempre fue consecuente con ella. Capataz que amenazaba e insultaba, dijo que los revolucionarios debían tener en su casa fusiles “y bastante munición” y él, uno de los grandes simuladores de la historia latinoamericana, dejó la delincuencia bien apertrechada.

Los barrios se burlan

La ruina de un país que pudo ser Dubai se debe a una “guerra económica”, “al imperialismo” o a Polar, la única entidad que nos protege del hambre generalizada. Las palabras apocalípticas de los revolucionarios se escuchan con sorna en los barrios de todo el país y los sentimientos que embargan a los venezolanos son desesperación, pesimismo y rechazo a los discursos fracasados. Difícilmente se consiga un cocido que junte mayor cantidad de mentiras, manipulaciones, y canalladas que amenazar a los venezolanos con catástrofes que ya se viven. Un gobierno sin responsabilidad ni moralidad, que solo pretende salvar la cara mientras pueda aunque maten en las calles venezolanos como zancudos, mientras la delincuencia va en declive en el mundo y en gran parte de Latinoamérica.

Lo determinante de la mortalidad violenta es el crimen organizado, particularmente el narcotráfico y el secuestro, que implantaron en Venezuela los camaradas de la guerrilla colombiana, acosados en su país. Ni el cuento romántico del pobre que roba pan para el hijo hambriento, ni el televidente que se hace criminal por imitar al Guasón: son bandas que operan sistemáticamente con armas modernas, muchas que provienen del gobierno, y a las que las dejan hacer. Enfrentarlas requiere maquinarias policiales fuertes y actualizadas, -la revolución inutilizó las policías-, y menos ministros que se enternezcan con los pranes, pero sobre todo la voluntad de mejorar el país. El gobierno sabe que hay capos en sus propias entretelas y entre los militares. Un estímulo primordial al delito es la impunidad, y en pocos países es tan alta como aquí.

Ventaja electoral opositora

La actual gestión es un fracaso escandaloso según los organismos especializados, y los responsables prefieren culpar los culebrones en vez de consultar con los expertos que conocen políticas para enfrentar el problema. Aceptaron fijar la fecha de las elecciones porque el rumor internacional se había convertido en estruendo y hasta Samper, cabeza de Unasur, se adelantó a fijar una fecha como mecanismo de presión. La peor tortura es que su base popular se secó y solo les queda una minoría que si la oposición hace una buena campaña pudiera reducirse. Juegan por eso a fomentar la abstención, el pesimismo de los opositores y por desgracia consiguen un ciego colaboracionismo en algunos de estos que les hacen el trabajo.

Por primera vez en estos tiempos de revolución un proceso electoral arranca con ventaja opositora, siempre había sido lo contrario y el caso más resonante fue el de las presidenciales de 2013, en las que Capriles inició con 20 puntos por debajo de Maduro, una semana antes tenía todavía 5 puntos de desventaja y terminó derrotado por apenas 1.5%. Hay que rogar a los abstencionistas y los que hablan de “salvar el voto” que abandonen esa prédica suicida. Las palabras de Maduro, Bernal, Rodríguez, expresan desespero, agonía y nunca puede descartarse que fomenten un cuadro de ingobernabilidad para suspender el proceso y declarar un Estado de excepción. Pero eso sería otro capítulo. Hay que jugar con los nervios congelados, evitar provocaciones y concentrarse en defender los candidatos escogidos en la Unidad.

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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