Opinión
…una mujer debe ser…
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Las mujeres deben vestirse con preciosismo, perfumarse, entaconarse o esos son malignos hábitos burgueses? Esta polémica suena absurda en la posmodernidad de estéticas paralelas todas aceptadas. Pero la inicia James Cameron al embestir contra el arquetipo femenino de la Mujer Maravilla dirigida por Patty Jenkins, encarnado en la mega-ultra-diva israelí Gal Gadot. Y decreta que es “un paso atrás” con respecto a Sarah Connors, la madre de John, el héroe de Terminator y su propia creación. Dice que “Sarah no fue un ícono de belleza. Era fuerte, angustiada, una madre terrible… y se ganó el respeto por tener agallas… (por lo tanto) toda esta autofelicitación de Hollywood con la Mujer Maravilla es equivocada. Ella es un ícono, un objeto (sexual)” ¿Será aceptable que el desiderátum de mujer sea de comportamiento y usos militares, ruda, desmaquillada, musculosa, sin sofisticaciones, como Sara en Terminator II?

¿Tiene algo de malo un brillante y delicado objeto de deseo en una sociedad polimorfamente sexualizada? No asombra un juicio tan absurdo, porque un montón de sociólogos y filósofos desde comienzos del siglo XX dieron cuerpo a la seudoteoría que pretende fundamentar así el ideal femenino. Desde las sufragistas de finales del siglo XIX pasando por los hippies del XX, el pensamiento antisistema demoniza las mujeres elegantes, molde kapitalista, producto de diabólicas marcas (Lanvin, Cartier, Chanel, Ives Saint Laurent, Armani) que enajenan su verdadera esencia y la convierten en cosa, como dice Cameron. Por fortuna durante los noventa Gilles Lipovetsky, un filósofo merecedor del título, escribió El imperio de lo efímero para bienvalorar la trascendencia de la moda como fenómeno social y descabezar epistemologías tierrúas. Pero las puerilidades van más lejos, hasta la sexualidad para darle visos “ideológicos”.
¡Juguete de tu amor!
El sexo es uno de los cuatro eventos humanos más instintivos. Laura Kipnis, una socióloga post feminista norteamericana escribió Contra el amor, y lo definió como “la última forma de opresión”, de lo que se desprende que todas las demás que el marxismo endilgaba a la democracia desaparecieron, finalmente un éxito. Y en esa sanguinaria tiranía del eros, el peor vejamen es la penetración, pero Kipnis no puede dejar de reconocer que según los estudios especializados, las mujeres masivamente la desean. Para ella el enamoramiento es una autoalienación en la que dos personas pierden su racionalidad y entran en una fase de cretinismo biunívoco autoinducido. Y subraya que la pérdida de la libertad es uno de sus rasgos esenciales. Podría añadirse para ayudarla a argumentar su tesis: ¿qué es eso de pasarse tragos de vino o caramelos boca a boca, sino un acto digno de chimpancés?

Durante los noventa se vivió la etapa terrible de la hegemonía de lo políticamente correcto, uno de esos casos en que la sociedad tuerce masivamente hacia el ridículo, como Alemania del siglo XVII cuando cualquiera que desempeñara una función medianamente destacada traducía su nombre al latín. La puerilidad de la década quedó consagrada para los curiosos en Acoso sexual, aquella película en la que  Michael Douglas con una barriguita respetable es objeto de la inexplicable concupiscencia de su jefa Demi Moore –en un momento radiante de su sensualidad– que él, naturalmente, rechaza muy digno porque no quería ascender gracias a un sofá, sino a su profesionalismo. En esos años de apoteosis  cursilógena y de subsecuente erosión del lenguaje, los organismos multilaterales inician empresas espeluznantes. De pronto ya no podía hablarse de jorobados, enanos, paralíticos, negros, indios, ni nada que tornara las diferencias en calificativos.
Crecieron los enanos
Así a clásicos inmortales de la literatura sería imperativo cambiarles el nombre: tendríamos Blancanieves y los siete ciudadanos con discapacidad de estatura. En vez del insigne jorobado de Notre Dame, más bien individuo con discapacidad distorsionante cervical de Nuestra Señora de París, y en lugar de La CegueraLa discapacidad visual holística. La era de la cerveza sin alcohol, el café sin cafeína, el cigarrillo electrónico y el sexo virtual o por celular. Por la misma afectación y retórica progre, los seres vivos que se reproducen por vía sexual, ahora pasan a tener género, un factor exclusivo del lenguaje, un elemento filológico, semiológico y jamás físico. A cambio de la mal vista (¿oída?) palabra homosexual, surgió una confusa terminología para definir lo que según Beauvoir eran claramente el tercero y el cuarto sexo, que culmina con el término transgénero que sería incapaz de usar porque parece aludir al gabinete del Dr. Caligari.

De una posición liberal según la cual el sexo de cada quien es personal, pertenece a su espacio privado, y eventualmente a su decisión, cosa que el movimiento gay ha ganado en batalla, se pretende pasar, como el ultrafeminismo de Kipnis, a un machismo al revés. Cameron debía percatarse que sus actrices andan en la mañana con un jean roto y en la noche con un diseño de Lagerfeld. Y es presumible que quiere rayar a Wonderwoman porque desplaza a Titanic y a Terminator de las marcas históricas de taquilla. Steven Spielberg tuvo una reacción idéntica cuando Titanic fue la bestia de ventas que se comió su Tiburón. En los negocios y en el amor, dos conceptos execrables por la izquierda, vale todo.

@CarlosRaulHer

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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