Opinión
Una pausa activa para reflexionar
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Entre el tumulto de obras célebres de estrategia militar a las que los civiles echan mano a la hora de responder a situaciones conflictivas, la de Carl von Clausewitz, De la guerra, ocupa sin lugar a dudas un lugar estelar. Todos hemos leído, o escuchado hasta la saciedad, la célebre cita según la cual: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Poco importa el tufo militarista de la afirmación y su soterrado menoscabo hacia la eficacia de la política para encontrar salidas a las conflagraciones entre naciones o pueblos de diversas etnias. Siempre, al evocar un conflicto bélico, en cualquier tertulia tabernaria o seminario encopetado, el militar prusiano saldrá a flote, con su ridículamente ornamentado uniforme de parada, para repetir la manida frase. (Alguien se podría mofar diciendo que las fastidiosas diatribas hogareñas por el dominio territorial de un control remoto son la continuación del amor por otros medios).

La neta -como gustan decir los mexicanos- es que la política fracasa cuando el diálogo se rompe y emerge el peor de los escenarios: las balas ocupan el lugar de las palabras. Las guerras son siempre un error de cálculo para los vencidos y una atronadora celebración anual para los vencedores. En muchas de ellas se ha jugado el destino de la humanidad; en otras el ego desproporcionado de quienes las incubaron persiguiendo sus propios fantasmas. Hasta un pintor desmañado como Hitler, tuvo su sangriento cuarto de hora de gloria militar.

¿Qué duda cabe que el régimen está propiciando un enfrentamiento social, y selectivamente armado, entre venezolanos? ¿Es la guarimba la respuesta eficaz para detener ese designio? ¿O es más bien la lucha democrática y persistente, provista de protestas pacíficas de calle como expresión de una insatisfacción social generalizada, pero con una dirección pautada y con objetivos ciertos y una disposición a la perseverancia más allá de las emociones? Hoy todo parece indicar que es la última de las opciones descritas la que parece primar -con sus bemoles- en el GPS del sentimiento opositor. Quien no sepa leer las indicaciones, no llegará al destino deseado.

Algún guerrero desconocido, mientras oía silbar las flechas o la metralla a su alrededor, habrá cavilado: “¿Y si hacemos una pausa para pensar la contienda?” No es cuestión de grandes estrategas. Más bien de seres normales, de los que exponen su integridad sin marearse ante las cámaras de la historia. Es la milenaria pregunta: ¿Cómo enderezamos el esfuerzo, sin bajar la mirada? Su pálpito no ha quedado registrado en papel y tinta.

A más de un mes del 12 de febrero cuando los estudiantes iniciaron sus protestas, tras tanta represión y muerte, la pregunta sigue rondando: ¿Hacia dónde vamos? Corresponde a quienes dirigen la oposición -desde diferentes posiciones- acercar la respuesta. Está visto, no basta con reclamar una indoblegable disposición a no rendirse – es la materia habitual de quienes quieren conducir gestas heroicas-; ni de invocar al “bravo pueblo” hasta cansar el significado histórico del término. Se requiere atreverse a reflexionar mientras se lucha -una variante del vulgar mascar chicle y caminar a la vez- y encontrar una apertura a la cerrazón en la que estamos inmersos.

La fotografía del momento es dura: un dirigente preso, dos alcaldes destituidos, una aguerrida diputada bajo amenaza de perder ilegalmente su investidura parlamentaria, la gente airada en la calle, la espada roja pendiendo arbitrariamente sobre toda disidencia, incluyendo a quien dirigió el renacer de la oposición, hoy tan alegremente valorado por algunos. Y Maduro sigue allí, aposentado en Miraflores. ¿Qué hemos ganado, qué hemos perdido?

El régimen instrumenta la más grande devaluación de la que se tenga memoria en el país, cuyos efectos se harán sentir pronto en los bolsillos de todos los sectores de la sociedad, mientras la oposición está distraída desenredando la tela de araña sobre la que se abalanzó.

La situación amerita una pausa activa para reflexionar: ¿A dónde vamos?

Jean Maninat

Lector y amigo de sus amigos.
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