Opinión
Unidad: La Promesa
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Esa bocanada de aire sanador, esa alegría de estreno que nos legó la reciente jornada electoral, en lo absoluto nos hace inmunes, claro está, al brío inusitado con que cabalga la crisis. A juzgar por las advertencias lanzadas por expertos como Luis Vicente León, cuando señala que aún aplicando correctivos racionales, “económicamente hablando, el próximo año extrañaremos este”, es fácil prever que el futuro será en extremo complejo. “¡Es la economía, estúpido!”, nos zarandea otra vez la frase de Carville;  pero de lo obvio no parece enterarse un Gobierno que entrampado por su testarudez, mal escudado tras el enclenque parapeto de sus guerras, se empecina en desoír los corolarios del 6D. Y esto, mientras el nivel de reservas internacionales merma de forma alarmante, llegando incluso a estar “más bajas que luego del paro petrolero del 2002”, según indica Tamara Herrera.

A merced de la turbulencia, agobiados por la gravedad del factum, la navidad termina convertida en sensación escurridiza, apenas perceptible. En tragicómico mohín, un buen amigo vaticinaba por estos días que de seguir así, la típica cena del 24 remedaría aquella escena de “Jack y las habichuelas mágicas” de Disney, en la que la famosa terna de amigos compartía un solitario frijol, convertido por obra del hábil cuchillo en rebanadas traslúcidas, volantes, del todo imposibles. La hipérbole no deja de tener lógico asidero: los alimentos no aparecen o son impagables, las colas siguen incrustadas en el paisaje, en el hábito; y el Gobierno, azuzado por los demonios de la retaliación, no muestra disposición a ocuparse de la urgente enmienda ni mucho menos cargar con el costo político extra que eso le supondría.

Mala cosa: pues la inercia oficial, en pasmoso contraste con el alud de aguijonazos del contexto, amenaza con intoxicar otra vez la psiquis colectiva. Si bien los resultados del 6D liberan en buena medida los vapores confinados en esa formidable olla de presión en que se convirtió el país, es claro que el apremio del hambre, de la necesidad más básica–de nuevo la colapsada planta baja de la pirámide de Maslow, sacudiendo y desacoplando los pisos más elevados- conspira contra la certeza de que los cambios deban ser servidos como hasta hoy: con larga ración de cabeza fría, disciplina y foco estratégico. Nuevamente aquí y allá, cuando todavía la nueva Asamblea Nacional no toma control formal de sus compromisos, surgen calenturientos prédicas con acentos de inmediatismo, los “¡vete ya!” de los incontinentes, las radicales arengas a pasar al plan B cuando el plan A al que apostamos y cuyo éxito deberíamos primero blindar, recién comienza a probar motores, a reconocer el espinoso predio por conquistar.

Es duro pedir calma cuando el oficialismo recurre a la manoseada táctica de ofrecernos vistas a su inframundo, sí; pero la experiencia de lo reciente debe servir de moraleja. Flaco favor hacen ciertos liderazgos si contribuyen a desviar la estrategia de cohesión unitaria que tanta virtud ha demostrado. A cortos centímetros de asumir, de hecho, un nuevo poder, la razón impele más que nunca a sujetar los impulsos. ¿O no es justo acaso que un Gobierno que nos restriega en cara su pericia para hundir -sin ningún pudor- la economía del país con las mayores reservas de petróleo del mundo, asuma el costo de una vajilla que tras griega borrachera, quebró entera, en nuestras narices? ¿Por qué aliviarlo de la responsabilidad de reparar cada grieta, del dedo de ese pueblo chavista que lo apuntará con motivos, de la deuda por la palabra que nunca honró, de la obligación de responder por esa “Venezuela potencia” que hoy chapotea a expensas de una morisqueta: la amenaza de endemias propias del siglo XIX?

No es justo, así como tampoco lo es trasladar a la oposición la resulta del abandono, de toda la omisión, de la descocada negligencia. La oportunidad de crear, derogar o rehabilitar leyes, de hacer contraloría ciudadana, de ventilar cada traspié y obligar a corregirlo, no puede ser hora malograda. En la ecuación de la reconstitucionalización del país debe jugar el Gobierno, forzado como está a entrar en el carril democrático que le señaló una nueva mayoría. Y si se resiste, tras el afán común y explícito de esos 112 diputados, ya veremos entonces qué otros recursos ofrece esa misma democracia. No antes. No sin intentar ver resultados de la cruzada que apenas iniciamos.

Como ciudadanos empoderados por circunstancia de excepción, comprometidos con la muy áspera tarea de no dejar que las vísceras nos desordenen, nos toca también exigir coherencia. Por suerte, hay señales alentadoras: la imagen de figuras de la oposición otrora asociadas a posturas en conflicto, fundidas en simbólico abrazo de reconocimiento de que la vía es unitaria y electoral, arrima una promesa de tiempos mejores por venir. Habrá, sin duda, navidades más amables que esta. Y es que si algo ya no podemos perder más de vista es el extenso, generoso bosque que -al fin- hemos distinguido tras el árbol.

Mibelis Acevedo

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