Opinión
Venezuela no es cuartel
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Lamentablemente en los últimos años no hemos conseguido la misma lealtad“, apuró el Presidente Maduro tras el inédito descalabro que sufrió el PSUV en las pasadas elecciones parlamentarias. A tientas, abriéndose paso entre la selva de pretextos de guerra económica, saboteo circunstancial de la contrarrevolución o del “relajamiento” de la militancia (bien salpicado todo por la consabida arenga a un “pueblo” en batalla permanente) se dirigió al chavismo desde su posición de jefe de una fracción política, mientras rehuía la mirada de ese país plural que merecía, además del natural reconocimiento de resultados, el saludo generoso de un jefe de Estado a una nación cuyo rostro luce hoy definitivamente distinto.

No sorprende el desaire, después de todo, los nuevos pellizcos de ese resentimiento en el que se ceba una política sólo entendida como guerra; aún cuando algo muy cercano a un providencial “ardid de la razón” –eso a lo que Hegel apela para referirse a la historia como desarrollo pleno de la idea, en aparente contradicción con la irracionalidad puntual de las acciones humanas o los agentes históricos- nos haya asistido en los últimos tiempos. Lo habitual en el seno de esa revolución que hace 17 años se atornilló en Venezuela, es gravitar en torno a las claves de un militarismo –el legado del Chávez- que no deja de plantear antagonismos con el hacer democrático. En atención a eso (y a un relato populista basado en la confrontación social, que otrora rindió preciosa plusvalía) se ha pretendido endosar a la población la cualidad de una silenciosa soldadesca, cuyo compromiso –Lealtad, claman Maduro y Cabello- resulta requisito vital para que “el proceso” siga respirando; lo otro, sería la degradación, ser marcado con la letra escarlata del traidor. No hay alternativa distinta a la asunción de una premisa esperpéntica: el “pueblo”, visto como una especie de inválido intelectual movido sólo por resortes emocionales, no es apto para pensar por sí mismo. Por eso debe cumplir órdenes. Debe atender la amorosa guía que quienes están llamados a protegerlo. Debe ser devoto de la palabra de un caudillo capaz de organizar el mundo, aun cuando de facto ya no está en él. Debe votar por quien le digan, no importa que las señales de su entorno o su sentido común disparen el estrépito de cada una de sus alarmas.

Pero a pesar de que el Gobierno se resiste a leer la nota del examen que, a todas luces, reprobó, y porfía en tratar al “pueblo” (fetiche de todo populista) como a un cuartel, ese mismo pueblo parece mirar ahora en otra dirección. Por lo visto, la crisis nos está forzando a organizarnos como sociedad, a repensarnos al margen de un “Otro” que se apropia de nuestra voz e identidad; a no tomar a la ligera la posibilidad de elegir, a darnos cuenta del valor del voto para que, retando la famosa paradoja del gobierno de Hume (esa tácita disposición del individuo, el verdadero “dador de poder”, para subordinar su voluntad a la de sus gobernantes) castiguemos si es necesario o sustituyamos a quienes antes empoderamos, por otros que sí estén a la altura de nuestros apremios. En el camino hacia el ejercicio de una ciudadanía plena, madura y responsable (consciente del daño que puede hacer un Estado- padre, proveedor y castrador, interesado en evitar a toda costa que el verde adolescente crezca y se haga autónomo) hemos ido abonando el terreno para mutar desde la condición de ese sujeto casi catatónico, hipnotizado por el señuelo populista o negado a la crítica, a la de actores políticos, convencidos de que deben moverse para conquistar ese anhelado Principio de bienestar del cual habla Cullen. Pasar, en fin, de ser pueblo-tropa (devenido en mendigo, por obra y gracia de regímenes que imponen visiones fraccionadas de la ciudadanía) a ser pueblo-ciudadano.

La moraleja de la reciente jornada electoral es muy llamativa en ese sentido. No elegíamos a un presidente, con lo cual la irreal perspectiva de hundirse otra vez en los algodones de la omnipotencia presidencialista quedaba descartada. Elegir un parlamento –algo que pese a su importancia no suele contar con alta convocatoria- implicaba estar consciente de que las cosas no se resolverían de un día para otro, ni al margen de nuestro concurso. Aun así, la mayoría decidió no abstenerse, no victimizarse, no paralizarse: y participar. Ese “salto de fe” –orientado, y he allí la mejor parte, no por viscerales puntadas ni por ciega obediencia, sino por decisiones adultas y racionales- es el que aterrizó la posibilidad, ahora menos lejana, de reconstruir nuestra democracia,

Decía un implacable Fernando Savater que “el populismo es la democracia de los ignorantes”. Hay que seguir insistiendo en la pedagogía política, en formar para la autonomía: sólo un pueblo armado de ethos ciudadano, alertado sobre los alcances de su acción si de modificar su circunstancia se trata, sabrá distinguir y censurar a quienes piden su sumisión a cambio de nada.

Venezuela no es cuartel. Eso es lo irreversible.

Mibelis Acevedo

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@mibelis
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