Opinión
Vuelta a la tribu
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No con pocas razones, últimamente resulta casi un forzoso ejercicio retornar a los caminos de la célebre “Doña Bárbara”. El proverbial conflicto entre civilización y barbarie; el progreso –luminoso como Santos Luzardo- versus el atraso impuesto por el determinismo geográfico –y es el embrujador, voluntarioso cacicazgo de la Doña, “criatura y personificación de los tiempos que corrían”, su más fiel expresión- dibujan una Venezuela que a principios del siglo XX pujaba por salir entera de la obra destructiva de la dictadura. La convicción modernista de Rómulo Gallegos expuso la fisonomía de ese país rural, prácticamente salvaje, a menudo desvirtuado por los excesos literarios del romanticismo, e impelido a resurgir gracias a la incidencia de un proyecto civilizador al servicio de la razón. Con su repulsa a la anomia, al predominio del instinto sobre la sensatez, al vuelo personalista del poderoso, el autor castigaba así las perversiones del caudillismo.
No es preciso estrujar la referencia para descubrir ecos de ese paisaje en la Venezuela actual. Tras haber avanzado un significativo trecho, tras haber superado los estigmas impuestos por pandemias de toda traza, la historia nos sume en nuevo tremedal de retroceso (Umberto Eco, por cierto, cuando describe al Ur-Fascismo, habla del “rechazo de la modernidad” como una forma de irracionalismo). La renta petrolera que una vez agilizó la entrada al siglo XX, (“¿Hasta cuándo podrá durar este festín?”, preguntaba en 1936 un visionario Arturo Uslar Pietri) hoy, asaltada sin recatos, luce exigua para mantenernos a flote. El deterioro, aupado por los adictos de la media vuelta, con recursos infinitos y sin ellos, abraza ya todas las esferas posibles.
Lenguaje, valores, tejido social, memoria colectiva, espíritu roto y afeado: como si no fuese bastante con lo intangible, toca aguantar las señales que espeta un ruinoso entorno. Venezuela parece una resonancia cada vez más dilatada de la agónica Parapara de Ortiz que Miguel Otero Silva trazó en “Casas muertas”. Y eso no sólo aplica al campo (rémora de un viejo desequilibrio que se ha exacerbado con los años): el menoscabo serpentea a gusto en las ciudades, las coloniza, las habita como una hiedra. Si como advierte el budismo, el ambiente es el entorno objetivo donde los efectos kármicos se corporifican -principio de “Unidad del sujeto y el entorno” o Esho funi- bien podríamos hablar de un escenario que está relatando nuestro íntimo, doloroso derrumbamiento como sociedad. Lejos de resistir como arquetipo de progreso y de vanguardia -eso que en otras épocas justificó las migraciones internas- la dignidad de la ciudad, su valor de identidad va cediendo también ante el peso procaz de las circunstancias. Asistimos así a un alarmante proceso de ruralización de lo urbano. Morisqueta inadmisible, pues: la no-ciudad, la vuelta a la tribu en pleno siglo XXI.
A merced de la decadencia, esa ruralización (que, según Luis H. Urviola entraña, más que un fenómeno cuantitativo, una dimensionalidad anómica que trastorna el mundo material y espiritual de toda la sociedad) rinde para el trapacero gesto político, vendida como panacea de la autogestión, de “recuperación de nuestras soberanías, de valoración de los saberes populares, vía para revitalizar lo comunitario, para descolonizar y despatriarcalizarnos…” Pura añagaza: la verdad, es que tras la retórica se oculta otro colofón de la ineficiencia. Las prácticas rurales que hoy son aupadas con entusiasmo desde el Ejecutivo (entusiasmo afín al que despertaban en cierta funcionaria las “colas sabrosas”) al final no son más que el resultado de la depauperación generalizada, la caída del nivel de vida, el restringido acceso a bienes y servicios, la extinción de fuentes de trabajo y oportunidades, la incapacidad para satisfacer las necesidades más básicas de la población: “ranchificación”, dirían algunos. En estrambótica dinámica dispuesta por el saqueador que retorna para cobrar diezmos al saqueado, el Gobierno ataca de nuevo con un Plan Nacional de “agricultura urbana, periurbana y organopónica”, que en 100 días pretende arrimar al objetivo de “una ciudad creciente y productiva”, promoviendo los conucos integrales, la siembra en porrones o la cría de pollos y cachamas en los apartamentos.
Pero lo que por inaudito podría resultar risible, se trastoca en amargo rictus. En agobio. En hartazgo. La idea de una metrópoli desmejorada, con calles usurpadas por gallinas o burros intempestivos, lejos de invitar a la nostalgia o al ímpetu productivo, desmoraliza a cualquier ciudadano que haya conocido algo del confort de un desarrollo acorde con los tiempos o los colosales recursos del otrora país rico. La barbarie y sus anacronismos, en fin, no dejan de acosarnos: la improvisación, la mediocridad, tampoco.
Hay que recordar, sin embargo, que esta Venezuela una y otra vez subestimada, es también la misma de Gallegos. Con todo y su artificio, Doña Bárbara está destinada a ser vencida por “los ideales del civilizado”. Sí se pudo; sí se puede.
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Mibelis Acevedo

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