Reporte 33
Crónica: Pasión, convicción y sangre derramada (1/2)
Reporte 33

Por Magdalena Corlotti

A finales de marzo 2017 hay un nuevo golpe de Estado: el Tribunal Supremo de Justicia deja sin efecto los poderes de la Asamblea Nacional elegida por la mayoría de los venezolanos en 2015.

Fue ese el detonante para dar inicio a una agenda de calle que transcurrió en más de 100 días de protestas, en las que participé activamente y de manera pacífica, carácter que privó en todas las convocatorias de la Unidad Democrática, cuyas exigencias eran claras y muy puntuales: liberación de todos los presos políticos, apertura del canal humanitario, cronograma electoral (por comicios vencidos) y restablecimiento de las facultades del  parlamento. Había una más, esa reposaba  en la punta de la lengua de muchos manifestantes: “que se vaya el dictador”, junto a otros calificativos, que por respeto no mencionaré.

En aquellas concentraciones había una complicidad,más intensa que la de pertenecer al mismo equipo de fútbol o al mismo partido político, era la complicidad de sabernos y reconocernos como ciudadanos despiertos y conscientes, que ejercían el más elemental de los derechos: la protesta pacífica.

Y salí a la calle en la que depositaba nuevas y potenciales esperanzas.

Allí estaba yo, puntual, a la hora programada para iniciar la actividad. En solo minutos estaba rodeada de un gentío, el lugar se abarrotaba de personas que cargaban pancartas y banderas gigantes, pitos, y al unísono coreaban consignas, plenas de ocurrencias. A los que se empeñaban en pronunciar las viejas no les seguíamos el canto, porque se trataba de algo pavoso, pues se repetían desde las protestas por el decreto 1011, en los años 2000 y 2001.

Finalmente la marcha arrancaba con los dirigentes al frente, luego de unas palabras por megáfono y el anuncio de las vías que se tomarían para unirnos con otras marchas procedentes de otros puntos de Caracas.

Un nudo en el estómago y el miedo me mantenían alerta, a mis acompañantes también, sabíamos perfectamente por la experiencia de años atrás, que la represión se aproximaba, que no llegaríamos campantes al destino planteado, sabíamos que ni siquiera nos dejarían pasar y que seguramente tendríamos que liarnos a palos, piedras y resistir. ¿Por qué habría de ser diferente esta vez?

Pero lo que sí era diferente en esta oportunidad eran, además de nuevas consignas, otras caras, otros rostros, el de los nuevos pobres, los desempleados, los que andan descalzos y con la camisa rota, el de los que tuvieron que cerrar su pequeño negocio porque la crisis los arropó, de los que comen una vez al día, de los que hurgan en los desechos del mercado, contenedores y bolsas de basura, y el de los muchachos que apenas alcanzan la mayoría de edad. Cada cual con sus atavíos.

Asistía solo con un morral que contenía la cédula, el teléfono, algo de efectivo -nunca me alcanzaba ni para el vital líquido, a medida que se desarrollaban las jornada, el precio  se triplicaba al igual que la tarifa de los taxis o moto taxis- un pañuelo y la infaltable botellita de agua con bicarbonato.

Al llegar a la autopista se detenía la marcha, los dirigentes seguían al frente y al alzar la vista allí estaban, tanquetas, ballenas, el contingente de la GNB y PNB, apostados y armados como un ejército que va a recibir al peor de los enemigos, solo que éramos nosotros, simples ciudadanos exigiendo derechos. Y empezaba la represión, el estruendo de la primera detonación,  cada vez era peor, bombas lacrimógenas disparadas a quemarropa, al igual que perdigones y esferas de metal, tornillos y balas, sí balas. Adicional al contingente de las fuerzas públicas, hacían de las suyas hombres armados, afectos al gobierno (colectivos), que se desplazaban en motos.

Empezaba la huida, muchos retrocedían en busca de una salida. La desesperación crecía,  algunos se caían y otros no tenían más escapatoria que el río Guaire. Entre aplausos, emociones y expresiones de apoyo y reconocimiento, se les abría el paso a los muchachos de la resistencia, al principio sin más indumentaria que un trapo o franela para cubrirse la cara y soportar los efectos del gas, luego se fueron apertrechando de otros elementos como escudos de madera, cascos y algunas máscaras antigás, donadas por la gente. Era increíble la evidente creatividad con la que confeccionaban los escudos, una vez vi uno hecho con la batea de una carretilla.

Uno de esos días quedamos atrapados entre La Carlota (desde donde disparaban) y la autopista, tuvimos que armar una barricada que retrasara el avance de las tanquetas para ganar tiempo -unos minutos- y lograr que la gente mayor pudiera llegar a Las Mercedes por el puente Veracruz. En plena refriega y construcción de la barricada, conocí a un niño (14 años),  él me dijo que quería estudiar,  entrar a la milicia, ser guardia nacional, pero ahora odiaba a los uniformados y que  igualmente  no tenía oportunidad de materializar sus aspiraciones, porque debía salir a buscar comida, su pobreza era tal que su mamá estaba en cama sin alimento alguno, con hambre.

La barricada permitió afortunadamente que la gente llegara a un sitio más seguro. Hubo momentos en los que  tuvimos suerte, otros no. El número de caídos aumentaba en cada protesta, lamentablemente a muchos nos tocó ver la muerte de cerca, la de un amigo, un vecino, un conocido. 14,16,17, 19, 22, 27, 32, esas eran las edades de las víctimas mortales,  por balas en la cabeza,perdigones de plomo en el cuello, impacto de bomba en el pecho, asfixia por gas o arrollamiento con  saña.

Sobre los líderes políticos

Siempre había un dirigente de la Unidad Democrática encabezando la protesta pacífica (la violencia la ponía el régimen), en el punto de concentración o durante el recorrido, e inclusive en la refriega o plena reprensión. En todo momento vi a Capriles, Pizarro, Paparoni, Juan Andrés Mejía, y otros, que marchaban de manera cautelosa, entre entrevistas y fotos se iban quedando atrás hasta desaparecer del mapa, no los volvía a ver, caso Lilian Tintori, Freddy Guevara o María Corina.

A Capriles era difícil alcanzarlo,  el hombre la verdad es que caminaba rápido, con determinación hasta llegar al frente del contingente, cuando empezaba la arremetida. Luego de allí lo volvía a ver en la siguiente y así,  rodeado de gente y sobre todo de muchachos que le hacían miles de preguntas: cómo ves las cosas, cuál es el siguiente paso, qué va a pasar, cuándo saldremos de esto. Y lo que nunca faltaba: “Capriles mosca con un diálogo chimbo, no queremos diálogos chimbos”.

Las últimas movilizaciones, sin embargo, estuvieron desorientadas y poco coordinadas, ni los dirigentes ni nosotros sabíamos que ruta tomar, supongo que los líderes  trataban de llevarnos por las vías más seguras, las que implicarán un menor riesgo o por donde se nos hiciera posible escapar y evitar la emboscada de la Guardia Nacional.

Ocurría algo curioso, cuando Guevara tomaba el micrófono la gente se dispersaba, señal de aburrimiento. Creo que el discurso populista ya no cala. Siento que  Mejía y Pizarro eran sinceros y eso lo valorábamos.

Los falsos escuderos

Unos pocos (hombres y mujeres) con sus respectivas indumentarias de guerreros, solo quedaban  para la gráfica, hay que decirlo. Las puestas en escena no faltaron.

En una ocasión frente a La Carlota y antes de los ataques, vi una sesión de fotos, donde un muchacho, muy guapo por cierto,  simulaba calentar comida en unas latas abolladas sobre una pequeña fogata hecha con piedras y desechos de madera. Interpretó bien el papel.

“Sangre no sangres más” (poema de Ángel González)

La constante de aquellos días fue la infinita tristeza que nos embargaba como venezolanos, la sangre derramada de los débiles, la pasión y la convicción de millones de personas que se mantenían y se mantienen en pie de lucha por su dignidad, por conquistar los cambios políticos y sociales que puedan revertir las duras condiciones de miseria en las que vive la mayoría de la población.