Reporte 33
Crónica: Pasión, convicción y sangre derramada (2/2)
Reporte 33

Por Magdalena Corlotti

La marcha más grande a la que asistí fue la del 19 de abril, de allí en adelante la tomé como referencia para medir la concurrencia de las siguientes. Grave error el mío, mi angustia crecía a medida que veía menos gente asistiendo a las concentraciones, pese a que la campaña para convocar seguía siendo igual que al principio. Llenábamos todos los canales de la autopista, con el tiempo solo llenábamos uno, el de sentido norte. Algunos saltábamos la defensa con el objeto de trancar y evitar el paso de carros. Junto al descenso de la asistencia también llegó la impuntualidad, hora y media tardaba en arrancar las actividades, aunque los dirigentes y los muchachos de la resistencia, sobre todo los que bajaban del barrio cercano, llegaban a la hora señalada.

Opté por canalizar mi molestia y aprovechar ese tiempo de espera para conversar con los jóvenes, leerles uno que otro párrafo de algún libro de bolsillo o algún artículo interesante sobre la situación, cosa que agradecían, y los días siguientes esperaban esos minutos de conversación en los que aprendían, y yo también. Hay quienes llevaban pasta, sopa, galletas, mandarinas, entre otros alimentos, para la resistencia. Los beneficiarios decían que era su oportunidad de llenar con algo el estómago, una oportunidad para paliar el hambre.

Antes de inicio formal de cada marcha no faltaban los selfie, llegué a conocer a los protagonistas de esas fotos espectaculares donde mujeres y hombres (jóvenes) aparecían con sendos cuerpos atléticos, bien definidos, y en pose perfecta, como de portada de revista. Esos solo llegaban a la concentración.

En el transcurso de un día de calle pasaban un montón de cosas, entre ellas, muestras de solidaridad, recuerdo como vecinos de La Castellana sacaron mangueras de los edificios para que pudiéramos lavarnos la cara y minimizar los efectos de los gases lacrimógenos. Comercios, centros comerciales, iglesias y colegios abrían sus puertas para dejarnos resguardar del espeluznante ataque de los cuerpos de seguridad del régimen.

No faltaban los pregoneros que en plena batalla vendían agua, café, chupis, raspaos, caramelos; aceptaban euros y dólares llegó a advertir un vendedor. Ellos tampoco salían ilesos de la represión.

Mientras menos gente más vulnerables éramos. Las arremetidas de las fuerzas públicas eran terribles avanzada la tarde, cuando el cansancio nos hacía bajar la guardia. Motorizados de la PNB nos emboscaban con violencia, apresaban, golpeaban y robaban sin importar la condición de la víctima. Destrozaban quioscos, puestos de emergencia y de auxilio, como los de la  cruz verde, y hasta clínicas. Insultaban y amedrentaban. Frente a La Carlota un grupo de mujeres fuimos amenazadas por la Guardia Nacional con que seríamos perseguidas y violadas, porque ya nos habían visto la cara. La verdad es que yo no me tapaba el rostro, salvo en el momento en que los gases arreciaban y no aguantaba. Después del 19 de abril llevaba un casco para protegerme.

“Dios protégelo”

Perdía la noción del tiempo, solo sacaba el teléfono para avisar en casa que estaba bien.

Ya era la media tarde del 10 de mayo, no recuerdo exactamente la hora, pero sé que había heridos que salían del puente del Rosal y gritábamos “moto, moto, médico” y enseguida llegaba la ayuda. Esa misma tarde entre gritos desesperados vi el cuerpo inerte de un joven al que trasladaban herido, no vi su cara, no pude distinguir, se lo llevaron pero no sabía a dónde, solo pensé Dios protégelo. Llegué a casa pasada las 5 pm y 10 minutos después recibí la llamada de mi hijo diciéndome: “mataron a Miguel”. Se trataba de  Miguel Castillo, el joven que vi y por el que elevé mi plegaria, era él.

Me llené de mucha más rabia e indignación, pero también de mayor compromiso por continuar en la calle.

Empezaron los plantones, que mutaron en trancones a los que igualmente acudía, pero esta vez no estaba de acuerdo con esa forma de protesta. Nunca vi tanta pelea entre vecinos como cuando empezamos a trancarnos nosotros mismos. El encierro nos alejó, nos afectó a todos, no es lo mismo la resistencia en una vía pública con barricadas para protegernos de la represión que un autoencierro. Llegó el paro cívico, primero por 24 horas y luego por 48 a nivel nacional en contra de la aberrante constituyente, manifestación ciudadana que considero fue exitosa por la cantidad de empresas, sindicatos y demás entes que se sumaron a la convocatoria, sin embargo, no estuvo exenta de muertos y detenidos.

Flores, senos y pantaletas

La marcha en la que menos tiempo estuve fue la denominada “Marcha de las mujeres”. Llegué temprano con una amiga a Chacaíto y luego del tiempo de espera y como era de suponer, se cambió la ruta (se buscaba la vía más segura). Bajamos hacia Las Mercedes para tomar la avenida principal de Colinas de Bello Monte y seguir por el puente (que ya no está) hacia la autopista. Allí ya estaba la GNB con las tanquetas y la ballena. Tuve oportunidad de hablar con dos guardias nacionales, uno de 19 años y otro de 22. Este último no quería pronunciar palabra, pero cuando lo hizo no pudo esconder su inconfundible acento cubano.

No entendí a las mujeres que bajaron sus pantalones frente a la GNB o las que se quitaron sus camisas y enseñaron sus senos. Pensé que los efectivos debían sentirse afortunados: reprimen, matan a nuestros hijos, nos roban y a cambio se les da una flor y senos. No lo comprendí, así como tampoco las pantaletas en las rejas de La Carlota.

Sobre los periodistas

El papel de los profesionales de la comunicación fue fundamental. Estuvieron allí y se arriesgaron como cualquiera de nosotros. Muchos sufrieron robos, golpes, vejaciones aún cuando los cuerpos represores sabían que eran reporteros, estaban plenamente identificados. Hubo un periodista al que vi cuando le quitaron su equipo, le destrozaron la moto y no conformes con eso, lo levantaron con la amenaza de lanzarlo desde la parte alta de la autopista hacia abajo. No lo hicieron, gracias a Dios, pero sí lo golpearon brutalmente.

Un periodista de la agencia Reuters me rescató de la nube de humo lacrimógeno cuando estaba casi asfixiada frente al CCCT, en el espacio donde están las esculturas que parecen gotas. No sé su nombre, solo me quedó grabada su cara en mi memoria y tiene mi agradecimiento eterno.

¿Se acabaron las protestas?

Tanta valentía y sacrificios deberían poder servir para un ahora de dignidad, pero…quiero y necesito seguir creyendo que es posible, el precio está siendo muy alto. Imaginar el siguiente paso… pasemos del desasosiego y el cansancio a la reflexión y el compromiso. Toca dar un paso adelante. Después de la vendimia hay que pisar la uva, y yo ya estoy en ello.