Reporte 33
La deconstrucción del hombre soviético según Svetlana Aleksiévich
Reporte 33

A través de sus entrevistas la escritoria bielorrusa y premio Nobel de Literatura expone en ‘El fin del homo soviéticus’ un retrato coral de quienes habitaron en la extinta URSS

La autora se centró en dar con aquellas personas que se habían adherido por completo al sueño comunista y que no han sabido adaptarse al individualismo desde el fin de la URSS. (В. Гуменюк)
“Quien se entregaba a los recuerdos del pasado no sobrevivía”, contaba a su hija un superviviente del gulag condenado a seis años de trabajos forzados en la región rusa de Vorkutá, cerca del círculo polar ártico. Fue declarado traidor sin juicio previo por haber caído prisionero del ejército finlandés durante la casi olvidada Guerra de Invierno en la que la Unión Soviética invadió parte del país escandinavo en 1939.

El padre de Yelena Yúrevna, secretaria de tercera fila de un comité regional del Partido Comunista, tenía un alma excepcional. Tras cumplir su condena, tardó diez años en empezar a hablar con su familia de sus experiencias en el gulag, que no había conseguido acabar con sus ganas de vivir. “Mamá solía repetir que el campo de trabajo había convertido a papá en un hombre dulce”, relata su hija, que no pasa por alto el estupor de su madre, sabedora de que quienes volvían del gulag eran, por el contrario, personas hoscas y amargadas.

Entre los muchos testimonios que recoge en su libro El fin del homo soviéticus (2015), Svetlana Aleksiévich muestra las contradicciones de Yelena Yúrevna, que se convirtió en miembro de un partido en el que todavía cree pese a los daños que le causó a su padre y los crímenes que cometió en la URSS contra millones de personas, y de los que llegó a saber cuando la perestroika de Gorbachov inició la desclasificación de los archivos secretos.

Pero no son las contradicciones de un sistema, ni las de las personas que vivían en él, lo que la premio Nobel de Literatura refleja con más interés, sino las características de quienes habitaron en la URSS y que hacen a esos individuos reconocibles. A través de sus entrevistados, Aleksiévich despliega poco a poco un retrato coral del individuo soviético, en el que una de sus características más acusadas es su relación con el pasado, que pasa por ensalzar los logros conseguidos a costa de olvidar los crímenes cometidos para alcanzarlos, ya que de lo contrario no sobreviviría.

Una de las características más acusadas del individuo soviético es su relación con el pasado, que pasa por ensalzar los logros conseguidos a costa de olvidar los crímenes cometidos para alcanzarlos

“Los seres humanos quieren vivir sus vidas, sin necesidad de hacerlo movidos por un gran ideal. Y eso es algo que no ha conocido Rusia nunca”, expone la periodista bielorrusa en el prólogo, que para este trabajo se centró en dar con aquellas personas que se habían adherido completamente al sueño comunista de un modo u otro, y que tras el fin de la Unión Soviética fueron incapaces de abrazar el individualismo imperante hoy en día.

A medida que esas personas anónimas aparecen y los crímenes y sufrimientos se suceden sobrevuela una pregunta que Aleksiévich no hace a sus entrevistados pero que está siempre latente: ¿Valieron la pena tantos sacrificios humanos para alcanzar esa gran idea? “Puede que aquello fuera una cárcel, pero yo me sentía más a gusto en aquella cárcel de lo que me siento ahora”, confesó Margarita Pogrebítskaia, una doctora de 57 años que todavía recuerda con añoranza los tiempos de la URSS.

Muchas de las personas que durante años entrevistó la escritora parecen sacadas por momentos del universo literario de Chéjov: son seres anónimos e idealistas, algo patéticos por momentos al ser incapaces de abandonar un mundo y una idea desvanecida hace tiempo, pero aún así cargados de intensas emociones y vivencias que los convierten en merecedores de un gran afecto y empatía; a veces, también, del desprecio más absoluto.

El homo soviéticus expuesto por Svetlana y que todavía camina por las calles de las ex repúblicas soviéticas se lamenta de que se haya vendido un imperio por cien marcas de embutidos, pantalones vaqueros y cigarrillos Marlboro; maldice con grandes dosis de razón las caóticas reformas políticas y económicas de los años 90; continúa quejándose de las autoridades y preguntándose qué hacer en las pequeñas cocinas de los edificios soviéticos como antaño; se dejó la vida en la construcción de un ideal con la esperanza de que el día de mañana sería mejor, pero el mañana no llegaba; se siente engañado porque de manera ingenua salió a las calles para reivindicar el fin de los aspectos más severos del comunismo sin ser consciente de que al día siguiente vendría el capitalismo más descontrolado; sufrió en sus propias carnes la represión vivida en las distintas etapas de la URSS pero al mismo tiempo no pudo dejar de participar en ella.

El ‘homo soviéticus’ expuesto por Svetlana sufrió en sus propias carnes la represión vivida en las distintas etapas de la URSS pero al mismo tiempo no pudo dejar de participar en ella

En relación a esto, la autora presenta el ilustrativo testimonio de Vasili Petróvich, de 87 años y miembro del Partido Comunista desde 1922. Ya fallecido, fue el ejemplo de miembro del partido hasta que, durante los años de Stalin en el poder, fue detenido junto a su mujer y torturado. Él consiguió salir en libertad y las autoridades le dijeron que simplemente habían cometido un error. Su mujer, en cambio, murió en cautiverio.

Pese a ello Petróvich, que era alguien para quien el carné del partido era su biblia, hacía mucho tiempo que no era un hombre inocente. En los primeros años de la Revolución rusa delató a un campesino por haber escondido unos sacos de trigo y a la mañana siguiente su cuerpo fue encontrado descuartizado en un bosque.

En no pocas ocasiones durante los años de la URSS las víctimas y los verdugos fueron las mismas personas. (Martin Manhoff/Douglas Smith)

“Las víctimas son las que cuentan sus historias, las que quedan aquí para hablar, pero los verdugos… Los verdugos callan. Esconden el bulto, se meten en un agujero. Los verdugos no dejan huella, no sabemos nada de ellos”, señala un exoficial del Ejército Rojo a Svetlana, sin tener en cuenta que no en pocas ocasiones durante la URSS las víctimas y los verdugos fueron las mismas personas.

Hay algo hipnótico en los trabajos de Aleksiévich y El fin del homo soviéticus no es la excepción, algo que va más allá de la manera en que presenta a sus testimonios o de su estilo saturado de puntos suspensivos, y que aquellos más preocupados en las formas que en el fondo se han encargado de criticar. La sensación de suspense a la hora de leer las entrevistas no se debe únicamente a un recurso estilístico, sino a la sinceridad y transparencia descarnadas que la autora consiguió de sus entrevistados, y que por momentos parece más el resultado de una consulta psicológica que de una entrevista.

La sinceridad y transparencia descarnadas que la autora consiguió de sus entrevistados por momentos parece más el resultado de una consulta psicológica que de una entrevista

“No hago preguntas sobre el socialismo, sino sobre el amor, los celos, la infancia, la vejez, o sobre la música, los bailes, los peinados, sobre infinidad de detalles de una vida que ha desaparecido. Es la única forma de mostrar algo, inscribiendo la catástrofe en un contexto familiar”, explica la autora, quien dice estar fascinada por el ser humano y lamenta que a la historia solo le interesen los hechos, dejando a las emociones marginadas.

Pero la visión de la escritora bielorrusa no está carente de cierta ingenuidad, y en ese sentido uno de los reproches más agudos no proviene de sus críticos, sino de uno de sus entrevistados, un funcionario del Kremlin con el que se reunió para tratar de esclarecer el papel del mariscal Serguéi Ajromeiev en el intento de golpe de Estado de 1991 para restablecer el poder soviético y su posterior suicidio. “Creo que hace mal en confiar tanto en el hombre -le advierte el funcionario-, en la verdad que pueda comunicarle un hombre. La historia recoge la vida de las ideas. Y no son los hombres quienes la escriben, sino el tiempo. Las verdades que manejan los hombres son como esos clavos en los que cualquiera puede colgar un sombrero”.

El fin del homo soviéticus es un libro lleno de valentía, pero no solo por parte de las víctimas que por primera vez se atreven a romper el silencio sobre sus sufrimientos e inquietudes, o de quienes confiesan sus culpas, sino también por parte de Aleksiévich, que es capaz de sentarse frente a sus entrevistados dispuesta a conocer los más abrumadores testimonios. “Gracias por no temerle a mi historia. Usted no aparta los ojos como hacen todos. Usted me escucha”, le dice al final de la entrevista una rusa de origen absajo que escapó de la guerra civil en la región en 1992, tras la desaparición de la Unión Soviética.

‘El fin del homo soviéticus’ es un libro lleno de valentía, tanto de las víctimas que rompen su silencio o de quienes confiensan sus culpas como por parte de Svetlana, dispuesta a conocer los más abrumadores testimonios

Hay otro punto en común que comparten buena parte de las personas entrevistadas, y es la agónica sensación de vivir una vida sin sentido ni propósito fuera de un tiempo que finalizó antes de que acabasen sus vidas. “El propósito surge de nuestro anhelo de permanencia en un universo siempre cambiante. Es una reacción a la indiferencia del universo hacia nosotros. Creamos cuentos sobre el mundo y nosotros como contornos, cuerpos fantasma, de la inevitabilidad de la pérdida y el cambio”, escribe Joseph P. Carter en un artículo de The New York Times el pasado agosto.

Carter no dice que los propósitos no sean necesarios, ni que el ser humano sea absolutamente insignificante o que no seamos importantes los unos para los otros, pero quienes vivieron sus vidas bajo el manto del gran ideal socialista tienen serios problemas para distinguir estas pequeñas sutilezas y sufren por ello.

Para aquellos poco familiarizados con la historia de la URSS o las características del homo soviéticus, este es al menos uno de los mejores regalos -a modo de advertencia- que Svetlana le hace a sus lectores: es legítimo anhelar grandes ideales, pero la vida sigue valiendo la pena si estos se ven truncados.

Daniel Delisau Suárez, Las Palmas de Gran Canaria/holaiberoamerica.com