Reporte 33
Médicos en Wall Street. El sistema sanitario estadounidense
Reporte 33

El sistema sanitario estadounidense es, en una palabra, un desastre. Caro, poco eficiente y extremadamente complejo, ha sido un dolor de cabeza constante para los legisladores durante los últimos 60 años. A nadie le gusta; sin embargo, pocos son los que pueden explicar cómo se ha llegado hasta aquí. A continuación intentaremos ofrecer una serie de claves para entender el enrevesado debate sobre la salud en los Estados Unidos. 

1993 fue sin duda un año bastante interesante en la política estadounidense. La Unión Soviética ya no figuraba en los mapas y los demócratas, tras más de una década alejados de la presidencia, habían logrado volver a la Casa Blanca. De la mano de Bill Clinton, la política exterior dejaba paso a las cuestiones sociales, y la nueva Administración llegaba con una reforma sanitaria bajo el brazo. En la prensa se volvía a hablar de aseguradoras, médicos y hospitales; los editoriales se llenaban con estadísticas de todo color político.

No obstante, para realizar un buen debate, antes hay que conocer a fondo la materia tratada, y el senador republicano Arlen Specter se dio cuenta de que en Estados Unidos no había demasiadas personas que entendieran realmente el sistema sanitario nacional. Apurados por obtener una primera gran victoria legislativa sobre el nuevo presidente, Arlen y su equipo se pusieron a trabajar en un diagrama que explicara todo el sistema sanitario. Ni ellos mismos hubieran imaginado que tras semanas de duro trabajo darían con un esquema con decenas de elementos interrelacionados. El informe final era algo más parecido a un circuito electrónico que a cualquier estructura lógica de política pública.

¿Quién podía entender todo aquello? Parecía que nadie. Hasta Bob Dole, senador y compañero republicano de Arlen, hizo famoso el gráfico al usarlo para criticar las reformas demócratas. Ni él mismo había podido creer, hasta que fue demasiado tarde, que aquello representara realmente el sistema sanitario existente y no los cambios del nuevo presidente. Quedaba claro que Estados Unidos tenía un problema con su sanidad, demasiado compleja, cara e ineficaz.

Una idea casual: de la caridad al seguro médico

Si echamos la vista atrás, pronto queda claro que la medicina no siempre fue la rentable ocupación que es hoy. Sin apenas conocimientos técnicos y con una formación que podía llegar a durar unos seis meses, casi cualquiera podía convertirse en médico antes del siglo XX. Más que la ciencia, importaba la labia: el consuelo espiritual y psicológico eran las mejores cualidades de un buen médico. No es de extrañar que los estadounidenses no estuvieran dispuestos a pagar demasiado por algo que, en definitiva, ofrecía muy pocas garantías.

Además, casi ningún enfermo que dispusiera de un hogar propio estaba dispuesto a acudir a un hospital, donde en el mejor de los casos compartiría sus dolores con los más pobres y los enfermos crónicos. Los hospitales, reflejando la situación de los médicos, ofrecían pocas posibilidades de una rápida curación. Cama y comida era la terapia básica para cualquier enfermedad. Entonces, ¿dónde estaba el negocio? Realmente, en ningún sitio. La medicina era sinónimo de caridad y solo las organizaciones religiosas o los ciudadanos más adinerados se ofrecían a sufragar estas instituciones.

Sin embargo, entre finales del siglo XIX y principios del XX, todo cambió. En cuestión de pocos años, una serie de avances científicos ganaron popularidad en los Estados Unidos. Cirugías, vacunas, antibióticos o procedimientos antisépticos hicieron de la medicina y los hospitales algo serio y respetable. Las clases medias y altas empezaron por primera vez a acudir a los centros médicos, lo que hizo que estos pudieran dejar de depender de la caridad para hacerlo del pago de sus pacientes. Los avances técnicos hicieron de la medicina una actividad rentable. Los médicos, ya forzados por la Asociación Médica Estadounidense a una formación estandarizada, simplemente tenían que adaptarse a los nuevos tiempos.

El sistema sanitario había ganado en calidad, aunque ahora se enfrentaría a una nueva paradoja: más técnica implicaba un mayor gasto por paciente. No hacían falta cuatro años de medicina para concluir que poco a poco los enfermos más pobres irían saliendo de los hospitales. ¿Cómo resolver el problema? Básicamente, se plantearon dos soluciones.

Por un lado, inspiradas en la reforma bismariana de la salud prusiana, distintas organizaciones abogaron por una mayor implicación estatal en la cuestión sanitaria. El clímax de estas demandas llegaría durante la campaña presidencial de 1912, en la que  Theodore Roosevelt y su Partido Progresista harían de la salud uno de los pilares básicos de su estrategia electoral. Seguramente, si los estadounidenses hubieran hecho presidente a Roosevelt y no al demócrata Woodrow Wilson, hoy tendrían otra legislación. Sin embargo, las urnas son caprichosas, y, cuando en 1917 Estados Unidos entraba en la Primera Guerra Mundial, poco quedaba ya de un proyecto sanitario nacional. Durante bastante tiempo, todo lo que tuviera el más mínimo sello alemán llegaba a los Estados Unidos envuelto en un halo de desconfianza.

Tuvo que ser un hospital de Texas el que pusiera sobre la mesa una nueva solución. A mediados de los años 20, en el Centro Médico Universitario Baylor se percataron de que cada vez tenían que lidiar con más pacientes incapaces de pagar sus facturas. La directiva, buscando una manera de reducir los impagos, tuvo la idea de ofrecer al sindicato de profesores local un curioso trato: por seis dólares al año, los maestros tendrían la posibilidad de pasar, si fuera necesario, 21 días en el hospital con todos los gastos pagados. El sindicato aseguraba así una buena atención médica para sus afiliados, aunque era realmente el hospital el que ganaba con la jugada. Mediante una sola firma, habían conseguido una fuente estable de ingresos de un elevado número de pacientes que de otra forma habrían tenido serios problemas para acceder a sus servicios.

Sin saberlo, el trato había marcado el camino a todas las aseguradoras médicas estadounidenses: extender el riesgo entre un número alto de posibles pacientes era lo que hacía de este un negocio rentable. Para 1939, casi tres millones de estadounidenses ya habían suscrito acuerdos de este tipo. Los llamados blue cross plans habían llegado para quedarse.

Adrián Albiac – El Orden Mundial