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Derecho de enmienda
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Se puede estar equivocado y mantenerse por convicción al margen de la razón. También se puede estar equivocado y mantenerse en la misma posición porque ya no es posible enmendar lo hecho. Ocurre en aquellas personas que habiendo obrado mal, no están dispuestas a permitir que se les castigue en justa ley. Pero hay un tipo de extravío que para mí es inadmisible, que se basa en mantener una posición intransigente, a pesar de que se está consciente que no se tiene la razón. Sin embargo, incluso este tipo de descarrío tiene su explicación.

Como consecuencia de las dictaduras del Cono Sur, mi país recibió a miles de inmigrantes procedentes de los países que fueron víctimas de feroces sistemas de gobiernos de carácter militarista que no respetaban el voto popular. Como venezolanos, los recibimos de manera solidaria, al punto de que se incorporaron con relativa facilidad a la estructura social de nuestro país. Crecí con los hijos de muchos de ellos, quienes decían que habían escapado de sus naciones por culpa de los “milicos” que no les permitían vivir con libertad y ponían en peligro las vidas de los ciudadanos que se les oponían. Eran tristes aquellas historias, la de los niños inmigrantes.

En la Universidad de Los Andes, casa de estudios en la cual hago vida académica, bajo el cobijo de un reconocido rector, los “sureños” se acoplaron con soltura y se sentía hacia ellos respeto y se daban muestras de solidaridad frente a sus desgracias personales como consecuencia de sus desorientados sistemas de gobiernos. También viví la experiencia de que mi padre hiciese vida académica con esas talentosas personas y las consecuencias de los desatinos políticos que les marcaron sus vidas. Todo esto generó en mí dos cosas: la idea de ser solidario con quien es víctima de las causas políticas y el rechazo a cualquier forma de gobierno que no sea democrático.

Entiendo que muchos de ellos se autodenominaran “de izquierda”, promovieran el ideario marxista y arroparan a la icónica revolución cubana como la representación tangible de que se pudiera forjar “un hombre nuevo”. Desear un mundo mejor es plausible y si había esperanzas de materializar la utopía socialista, es natural que muchos se mantuviesen apegados a esa causa.

El asunto es que las ideas no se miden por su enrevesada estructura conceptual, sino por los resultados tangibles en los cuales deriva el pensamiento. Si una idea es deforme de facto, no se debería insistir en la materialización de lo imposible. Veo con gran pesar cómo tanta gente cercana se va de Venezuela hacia los más inciertos y desconcertantes destinos. Cada uno esgrimiendo argumentos respetables y más que válidos para escapar de Venezuela.

La insistencia en apoyar los modelos políticos fracasados por parte de gente talentosa, intelectualmente preparada y con poder de generar cambios en su entorno, es una de las más penosas calamidades con las cuales tenemos que seguir lidiando los venezolanos. Se pudo ser en un momento determinado militante de una causa, pero seguirlo siendo, a pesar de saber que la misma es un yerro, no tiene consideración que lo justifique.

Todos podemos y tenemos derecho a enmendar los errores cometidos. Insistir en la profundización de los mismos, incluso de manera activa, no merece el respeto de quienes tenemos que tragar grueso en estos tiempos de rareza y desvarío. La actitud penosa de quien se conduce por terquedad y no por convicción, lleva a otro asunto y es el de tratar de desenmarañar qué es lo que hay detrás de tal actitud. Al hacer este ejercicio, un vez más nos topamos con la visión psicodinámica que explica cómo desde el lado más siniestro del inconsciente florecen las peores representaciones comportamentales. Porque en el fondo, mantenerse apegado a la idea de repetir lo que nos hace daño es un pase de factura a quienes en algún momento fueron sus verdugos.

El problema es que el inconsciente, en su dimensión atemporal, no discrimina entre verdugos y víctimas y arremete contra todo aquel que se presente como distinto a su causa. Cuando desde lo más profundo del ser se está marcado por el odio y el deseo de desquite, la persona se hace cada vez más ruin y se carcome en su propio caldo de pensamientos, pues en el mundo interior, el otro no es un igual sino un potencial enemigo que puede trastocar las bases con las cuales ciertas personas mantienen su conexión con la realidad. Venezuela no puede manejarse como un extravagante parque temático en donde se implementa una fórmula socioeconómica fallida. Hacerlo es jugar con la vida de millones y no creo que exista hombre justo ni Dios alguno que lo apruebe.

Lo real es lo real y no es posible pretender velarlo. Tratar de mantener una conflictividad social generadora de penurias y no ser capaz de cambiar la forma de actuar y pensar, se termina revirtiendo en contra de quien cultive tal manera de proceder, porque tendrá que cegarse ante lo que ve y el fanatismo será su norte.

@perezlopresti