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Sin atajos, ni caminos verdes
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Venezuela dejó de existir como Estado hace mucho tiempo. A los nacidos en esta Tierra de Gracia nos ha tocado padecer la más oscura realidad al tener que verla desaparecer y entender la desgracia en que se transformó.

En los últimos 17 años una cofradía de conjurados que llegaron al poder con las banderas enarboladas de la justicia social y con las promesas de disminuir las desigualdades económicas y sociales, solo bregaron para mantenerse en el poder y demostrar que eran capaces de pulverizar un país, a sus habitantes y a sus instituciones para reemplazarlas por un territorio estéril, donde no existieran poderes públicos independientes y en la que sus ciudadanos se transmutaran en súbditos sin capacidad para discernir entre la realidad y la propaganda oficial.

Por esa vía todo un país terminó en manos de unos delincuentes que solo les ha interesaba enriquecerse, mancillar el nombre de Bolívar y depauperar a quienes vinieron a reivindicar.

No hay para comer, escasea la energía eléctrica y ni siquiera abunda el agua de las lluvias, la seguridad se fue de paseo y no tiene intención de regresar, los salarios son limosnas que no alcanza ni para mendrugos de pan y la adulación se convirtió en el único mérito para ser de los favorecidos que tiene para vivir, viajar, cambiar carros o comprar vivienda y aún así hay quienes sienten, creen, juran y perjuran que la culpa de sus males reside en las fuerzas oscuras del Universo que confabulan para quitarles al mejor gobierno que nación alguna pueda tener.

Templanza y coherencia

Es por ello que Nicolás Maduro se le ocurrió, y lo que es peor está convencido, que todo eso que nos acongoja lo puede solucionar con un Estado de Excepción y una emergencia económica (que lo ha agravado todo), aunque en realidad para lo único que la necesita y le interesa usarla es para atornillarse, amarrase, sujetarse y hasta acoplarse a la silla presidencial, no vaya a ser que le ocurra como a Rousseff, Zelaya, Lugo y Bucaram o termine tras las rejas, como quisiera la mayoría, por haber seguido los ejemplos de Noriega y Fujimori.

Sabemos que a esta discapacitada peste roja la sostiene un trípode: el TSJ, el hampa y la cúpula militar. La primera pata es un caso perdido por ineptos, incapaces, írritos e irresponsables en el resguardo constitucional; los segundos son cuervos criados, armados y entrenados por los inescrupulosos cubanos y sus secuaces de uniforme y todos sabemos cómo actúa esa ave rapaz y los terceros que dicen ser fieles, obedientes y leales a Maduro aunque su inquebrantable lealtad dure hasta que se acabe.

Ante el desastre que vivimos se necesita templanza en la conducción opositora. Que no tomen atajos, ni caminos verdes pero que den pasos firmes para quitarnos este yugo y sean coherentes en el actuar. Si recorren el mundo para que vean la crisis humanitaria que padecemos, documentar las violaciones a los derechos humanos y demostrar la ruptura del hilo constitucional por los abusos de unos magistrados, por la derogación constitucional por decreto y por un órgano electoral que manipula la consulta popular, lo más lógico es que sí desde el exterior se pronuncian a nuestro favor, no salgan diputados, gobernadores y líderes opositores a exigir que no se inmiscuyan en los asuntos internos venezolanos. Los errores han amarrado a la caterva gobernante más tiempo del debido y pareciera que aún hay quienes no lo han aprendido.

Llueve… pero escam